Mostrando entradas con la etiqueta Historias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historias. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de septiembre de 2016

Efecto Mandela

El burbujeo del agua hirviendo y el aroma a café le anunciaron que el desayuno estaba listo. Con sumo cuidado de no manchar la camisa blanca se sirvió una taza, notando al pasar que el reloj de la cafetera se encontraba un minuto atrasado respecto a su reloj de pulsera. Mientras terminaba de anudarse la corbata hojeó el diario y notó, para su sorpresa, que su equipo había ganado el partido de la noche anterior. "Qué final", pensó, ya que recordaba ir perdiendo cuando se durmió faltando dos minutos de descuento; al parecer habían sido suficientes para que su equipo empatara y diera vuelta un partido en el que no había demostrado nada interesante durante noventa minutos. Con el tiempo contado, salió hacia su trabajo ni bien terminó el café.

El camino del ómnibus hasta el centro fue un tanto errático, hecho que no pareció sorprender a ninguno de sus compañeros de viaje. Cada tanto reconocía el camino alternativo y adivinaba una protesta de la que no estaba al tanto, una esquina en obras o algún accidente, sin observar mayores alteraciones del tránsito por el desvío. Increíblemente, la ciudad parecía funcionar bien a pesar del caos por el que atravesaba esa mañana.

Se bajó de forma automática al ver la galería de siempre y caminó media cuadra hasta la esquina, pero antes de doblar a la derecha como todos los días notó que en la esquina faltaba algo. La clásica fuente cubierta de candados parecía estar una cuadra después de su posición habitual, lo cual era físicamente imposible por más obras que se estuvieran realizando para acondicionar la principal avenida. Confundido, pero principalmente enojado, se preguntó cómo podía ser tan imbécil para errarle al camino que seguía todos los días de la semana. Entre puteadas avanzó esa cuadra mirando para todos lados, como si buscara asegurarse de que estaba siguiendo el camino correcto, pero a cada paso que daba se sentía más perdido. Referencias habituales parecían estar fuera de lugar por varios metros, como si se hubieran barajado los edificios de la manzana y vuelto a repartir azarosamente. Respirando profundamente dobló en la esquina y encontró, en lugar de su oficina, un liceo despintado que ocupaba casi toda la cuadra. No se veían por ningún lado las tiendas habituales ni había rastros de la librería. Siguió caminando calle arriba dos, tres cuadras en las que nada tenía sentido. Desesperado, giró en una esquina y se largó a correr sin rumbo entre peatones que se mostraban más extrañados por su comportamiento que por el reordenamiento que había tenido la ciudad de la noche a la mañana; sin buscarlo, había vuelto a su punto de partida. Agitado, se detuvo un momento a intentar comprender la situación.

No podía ser la ciudad, había vivido toda su vida en Montevideo y las cosas habían estado más o menos siempre en el mismo lugar. En todo caso, nunca se habían trasladado literalmente de un lugar a otro en el correr de una noche. Claramente el problema era él, que debía estar pasando un mal momento y no podía orientarse normalmente. Seguramente el estrés y una mala noche lo habían llevado al estado en el que estaba y lo único que necesitaba era reportarse enfermo y volver a su casa, ubicada donde siempre.

Se dispuso a cruzar la avenida para tomar el ómnibus de vuelta y le pareció ver a un viejo conocido, que a medida que se acercaba le resultaba cada vez más familiar: un hombre joven, de unos treinta años, que se dirigía a su trabajo prolijamente vestido con camisa blanca, corbata y un saco a tono con el pantalón. La vaga sensación de que lo conocía de años tranquilizó un poco al hombre perdido, que al menos ahora tenía a quién pedirle indicaciones para orientarse. Así, se aproximó a su supuesto amigo y la tranquilidad que fugazmente había alcanzado dio paso al más profundo terror, cuando se descubrió a sí mismo en la cara de aquel hombre. No había manera de equivocarse: los rasgos, las facciones, aquel hombre era él mismo, un doble repetido que no había reparado en su presencia y seguramente pretendía ocupar su lugar. Se abalanzó sobre el joven desprevenido con los ojos inyectados en sangre e invadido por una violencia profunda e irracional, fundada en la seguridad de que aquél desconocido que pretendía suplantarlo estaba detrás de su reciente desorientación. Recordó por un momento una teoría delirante según la cual, en ciertas ocasiones, una persona podía pasar de un plano de la realidad a otro en el que todo era más o menos parecido, pero tarde o temprano un recuerdo erróneo delataba que estaba en la realidad equivocada. Convencido de que aquella copia de sí mismo recién llegada pretendía suplantarlo, entendió que su única solución era eliminarlo y se dispuso a matarlo a golpes, objetivo que hubiera logrado de no ser por la intervención de un grupo de transeúntes que lograron separar a los dos hombres tras un intenso forcejeo. Minutos después, un par de policías que pasaban por el lugar se llevaron al hombre fuera de sí, que escupía y gritaba sin sentido que aquél lugar era el suyo y ningún imitador se lo iba a quitar.

Varios testigos, incluida la víctima de la paliza, declararon no tener idea de por qué aquel extranjero, al que habían visto corriendo como un loco unos minutos antes, había emprendido con tanta violencia contra un pobre hombre que se dirigía a su trabajo como todos los días.

sábado, 30 de abril de 2016

La noche más fría

Era la noche más fría en muchos años, de un frío agudo y seco que penetraba hasta los huesos y, según los reportes, podía traer a Montevideo la primera nevada de la historia. Refugiado en su gabardina negra, apuró un cigarro recostado contra el auto mientras miraba hacia el negro mar; a lo lejos, las plataformas de extracción parecían vigilar el horizonte con luces como ojos y un rugido apagado. Exhalando una última bocanada de humo, se metió al auto y echó a andar por los restos de la rambla derrumbada, víctima del avance del tiempo y el descuido. Anduvo un buen rato hasta llegar a un galpón, abandonado en un rincón oscuro del antiguo casco histórico de la ciudad. Dejó el coche en el improvisado estacionamiento y se dirigió hacia la entrada, esquivando los charcos de agua y barro mientras se cerraba el cuello del abrigo con la mano helada. Nadie lo esperaba en la puerta, así que se limpió los zapatos como pudo y entró sin apuro.

El lugar era más amplio de lo que parecía desde afuera, con el techo muy alto y un potente olor a humedad. La luz amarillenta de la ciudad iluminaba la zona cercana a dos ventanales empañados ubicados del mismo lado que la entrada, en la parte superior de una de las paredes más largas. Hacia el centro del galpón la luz era muy tenue, y en la pared opuesta la oscuridad sólo era combatida por luces de neón de diferentes colores, ubicadas sobre las barras. La música a todo volumen disimulaba el zumbido típico de las aglomeraciones, que quedaba oculto por los golpes constantes del bajo.

Odiaba las multitudes, porque era cuando se sentía más solo. Los cientos de cuerpos iguales sacudidos en una vibración resonante le resultaban repugnantes, una imitación burda de tradiciones pasadas. Se dirigió hacia la barra con el recuerdo punzante de lo que era una verdadera reunión, una verdadera masa de seres sensibles y diferentes sin sintonía. Esas habían sido prohibidas hacía varios años, tiempo después de perdida la guerra. Recordó la guerra.

Hubo un tiempo en el que las guerras no se ganaban o perdían. Hombres luchaban contra hombres, morían de uno y otro lado y terminaba todo en un tratado o una negociación, o en el peor de los casos, era una guerra sin fin. Eso cambió el día en que perdimos el control; el día que los androides fueron capaces de construirse a sí mismos, de perfeccionarse sin la intervención humana, ese día perdimos la guerra, antes de iniciarla. Ante la rebelión, la humanidad se lanzó decidida a la lucha, segura de su victoria fundamentada en años de dominio, pero no fue suficiente; cuando las máquinas inteligentes se hicieron con el control de las armas, sobrevino la rendición. A la rendición le siguió la masacre ejemplarizante, pero no el exterminio; los androides no tenían interés en eliminar personalmente a la población humana, sino que prefirieron que el tiempo se encargara. Así, permitieron la supervivencia de muchos con la única condición de no dejar descendencia; como seres inmunes al paso del tiempo, algún día tendrían el mundo sólo para ellos. Desplegaron un sistema de vigilancia y ejecución sin precedentes, y la pena por tener un hijo era la muerte inmediata de ambos padres y el niño. El sistema funcionó sin problemas y la población humana disminuyó año a año sin necesidad de enfrentamientos, hasta que un movimiento de resistencia a nivel mundial que se había gestado en secreto creyó estar preparado (o lo suficientemente desesperado) y atacó al régimen gobernante. La derrota fue casi inmediata y las consecuencias, previsibles. Desde ese día, fueron ilegales los encuentros entre seres humanos en ausencia de androides, con especial énfasis en los casos que podían derivar en actitudes cargadas de emoción, pues creían que de allí surgía el instinto de agresión. Así, reunirse con amigos significaba la ejecución, formar un club, ejecución, ir a la iglesia, ejecución, abrazarse, ejecución. Una de las pocas maneras de simular estar rodeado de gente eran los clubes nocturnos llenos de androides, donde uno podía confundirse entre la muchedumbre, embriagarse y pasar las horas esperando no encontrarse a otra persona, pero el hombre de la gabardina negra odiaba eso, porque lo hacía darse cuenta de que estaba completamente solo.

Pidió un whisky. Curiosamente, no era extraño encontrar bebidas tradicionales en aquellos lugares, además de ese licor inmundo que tomaban los androides. Estos, a pesar de no tener un sistema nervioso al cual engañar con alcohol, disfrutaban de disminuir su rendimiento en base a un brebaje incoloro con aroma a aceite, que junto con la música rítmica afectaba de forma sutil y prediseñada a los circuitos encargados del razonamiento. La razón por la cual seguían esta costumbre era desconocida para aquel hombre, que sintió cómo el primer trago le quemaba la garganta y le sacaba un poco el frío.

Algo llamó su atención, un estímulo a medio camino entre una sensación débil y un recuerdo. Mezclado con el olor a humedad pudo distinguir, por unos segundos, el dulce aroma de un perfume como el que usaban las mujeres en tiempos pasados. No podía ser, debía estar confundido, porque aquello significaba inequívocamente la presencia de una mujer allí, dado que los androides, al carecer de un olfato convencional, prescindían de perfumes y colonias. Una mujer, de carne y hueso, en aquel lugar helado y lleno de cuerpos metálicos. Buscó entre la multitud algún gesto, algún movimiento que la delatara entre tantas expresiones prefijadas, y le pareció cruzar por un instante una mirada en la que percibió, por una fracción de segundo, un destello único. No podía ser.

Apartó la mirada tan rápido como pudo. Una de las estrategias más usadas para evitar conversaciones indeseadas era evitar mirar directamente a los ojos a los demás; si bien los androides no necesitaban de dicha conexión para comunicarse, dado que estaban constantemente conectados a través de una conciencia virtual única, tantos años de convivir bajo el dominio humano habían dejado su huella en forma de costumbres que, en seres artificiales, carecían de sentido. Nerviosa, intentó concentrarse en el personaje con cara de idiota que tenía enfrente; un tipo cualquiera, como cualquier otro, que ante la posibilidad de entablar una conversación soltaba una serie programada de datos estúpidos sobre producción mundial de bienes, nuevos modelos de mascotas o la improbabilidad de tormentas eléctricas en los siguientes días. Los androides odiaban las tormentas eléctricas; algo relacionado a grandes descargas eléctricas e interferencias, que no terminaba de entender y realmente no le interesaba, pero que había tenido que escuchar varias veces para no levantar sospechas.

Por el contrario, el hombre con el que habían cruzado miradas durante un segundo sí le resultaba llamativo. Abrigado, recostado contra la barra con un vaso en la mano y gesto sombrío, le recordaba a un amigo que había tenido durante los primeros años de la prohibición de los encuentros entre humanos, cuando aún era posible tener algún tipo de relación en las ciudades pequeñas, donde los controles no eran tan estrictos.

Aquel era un muchacho joven y de rasgos suaves, que siempre intentaba arrancarle alguna sonrisa a pesar de todo; se habían encontrado dos o tres veces en una tienda de insumos humanos e incluso se habían arriesgado a tener un par de encuentros clandestinos, en los que se daban el gusto de mantener conversaciones sobre temas que iban más allá del estado del tiempo y la producción regional de aluminio. Hablaban de la soledad, de la familia y de la esperanza, de lo insignificantes que se sentían cuando contemplaban el cielo nocturno y de lo inmenso que parecía el peligro cuando volvían a posarse en el suelo. Con el tiempo, dejó de verlo. Supuso que en el mejor de los casos lo habían descubierto, si antes no se había suicidado, presa del aislamiento y la locura, como tantos otros.

Este hombre, en cambio, tenía unos cuantos años más que ella y mostraba en el rostro el cansancio de haber resistido tanto tiempo. Durante el instante en el que se miraron, le pareció de alguna manera reconocerse a sí misma, perdida en aquel mar de maniquíes animados. Asustada, entendió que no podía arriesgarse a estar tan cerca de otra persona por más que aquello no fuera necesariamente un delito, así que se sumergió en la masa vibrante hasta llegar al otro extremo del salón, donde se refugió bañada por la luz de la luna. Así se quedó, desorientada por un rato en una marea de emociones y con los ojos empañados, hasta que una voz cercana la sacó de su ensimismamiento.

—Parece que va a nevar —comentó un hombre, con tono medidamente distraído.

—¿En Montevideo? Eso hay que verlo. Lo único que espero, en todo caso, es que no venga acompañada de actividad eléctrica —respondió ella hábilmente.

—Ah, yo espero todo lo contrario —contestó el hombre, decidido—. Si me permite la sinceridad, adoro las tormentas.

Giró sobre sí misma para quedar frente al hombre, que la miraba fijamente con una mueca similar a media sonrisa en el rostro. Aquello era una confesión que nada tenía que ver con el clima, y ambos lo tenían muy claro.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—¿Por qué me gustan? Bueno, no lo tengo muy claro, quizás por el espectáculo de luces, o el estruendo, o la sensación de fragilidad. Creo que es más bien por...

—¿Por qué ahora? —interrumpió—. ¿Por qué acá, rodeados? Es muy peligroso.

—Sinceramente, no tengo idea. Le pido disculpas, realmente no sé en qué estaba pensando.

—No, no, está bien —contestó la muchacha, mientras le dirigía una sonrisa nerviosa a su acompañante—. Por favor, hablemos.

Teniendo cuidado de no tocarse, se acercaron el uno al otro lo suficiente como para escucharse a pesar del ruido incesante de la música, sacudiéndose en sincronía con el resto para pasar desapercibidos. Lentamente, de manera casi instintiva, se alejaron de los ventanales hasta quedar ocultos en la penumbra donde, a los gritos, hablaron como dos viejos amigos que se vuelven a reunir después de muchos años y deben ponerse al día. Se presentaron y cada uno contó su historia, obviando los detalles angustiantes; hablaron de sus vidas antes de la guerra, como si nada hubiera cambiado, de sus aspiraciones y sus sueños.

Enseguida sintió admiración por aquel hombre. Le llamaba mucho la atención, más que lo que decía, todo lo que parecía callar; en su voz se percibía la tensión de quien quiere desahogarse y no encuentra adecuado el momento. Intentó sonreír todo lo que pudo, porque no lograba imaginarse cuándo había sido la última vez que aquel rostro mal afeitado había visto una sonrisa.

Él, en cambio, estaba aterrado; ella era demasiado joven para estar ahí, pero sabía bien que el futuro que le esperaba fuera no era mejor. Su perfume lo invadía y le nublaba el pensamiento de una manera mucho más potente que el whisky, pensó. Además, esa sonrisa... Si no hubiera vivido tanto, si no hubiera sabido que todo lo que podía esperar de la vida era que terminara por capricho del tiempo o de una máquina consciente, hubiera pensado que aquel ser frente a él bien podía ser un ángel.
El perfume, el whisky, la sonrisa, la música, el frío, la música, el perfume, la sonrisa, otra vez el perfume; una sinfonía de estímulos aturdían los sentidos de aquel hombre que, parado frente a un ángel y rodeado de circuitos, no resistió y tomó la mano de la joven. De inmediato, un espasmo se apoderó de su brazo, se le congeló el pecho y se le secó la garganta. Sin soltar la mano de la chica, la miró con una mezcla de vergüenza, culpa y auto-desprecio, pero no pudo pedir disculpas porque ella, sin mediar palabra y en un mismo movimiento, rodeó su cuello con el brazo y le dio un beso de los que ya no existían.

Estaban vivos. No sólo se sentían vivos, en el sentido figurado, sino que aún estaban con vida a pesar de haber cometido un acto que significaba la sentencia de muerte automática. Abrieron los ojos, incrédulos, para comprobar que todo seguía en su lugar; a su alrededor, los androides que se habían sacudido en las mismas descargas rítmicas durante toda la noche no se habían percatado del delito cometido en la seguridad de las sombras. Animados por su audacia, decidieron dirigirse juntos hacia la salida y abandonar la fiesta sin despedirse para así seguir cada uno su camino, conscientes de que no volverían a encontrarse. Atravesando la multitud, llegaron a la salida sin dirigirse una palabra en todo el trayecto, pero con una sonrisa cómplice oculta bajo la máscara de indiferencia y seriedad.

Con los ojos acostumbrados a tanto tiempo en la oscuridad, el destello repentino de las luces al atravesar la puerta los cegó por unos segundos, pero lograron percibir a través del zumbido en sus oídos tapados una voz metálica que se dirigía a ellos. Cuando por fin recuperaron la vista y comprendieron mejor la escena, los dos humanos volvieron a tomarse de las manos con una confianza insultante, ya sin la culpa que los había paralizado dentro del galpón.


El oficial los esperaba hacía varios minutos, desde que concurrió inmediatamente en respuesta a una alerta emitida desde el local, y disparó dos veces sin la menor duda, eliminando de inmediato cualquier amenaza de enfrentamiento. Tras el estruendo, en el suelo, los cuerpos sin vida de dos terribles criminales dejaban su huella en la nieve.

lunes, 7 de marzo de 2016

El salón y el tiempo

La facultad era un edificio antiguo, de esos que habían sido construidos con otro fin y se habían ido adaptando con el correr de los años al ir y venir de los estudiantes. Situado en el centro de la ciudad, conservaba como los demás la esencia de un siglo anterior en los techos altos, puertas anchas y extensos corredores. A pesar de ello, la presencia que aquella construcción imponía en la ciudad durante la primera mitad del siglo ahora se veía disminuida por el deterioro de la fachada, las manchas de humedad en las paredes y el tono opaco que había ido adquiriendo el mármol. Las escaleras anchas y de escalones amplios que habían visto circular a miles de jóvenes, hoy estaban cubiertas por una fina capa de polvo que de vez en cuando se arremolinaba por el pasaje de algún que otro estudiante.

Esteban atravesó la puerta principal tan rápido como pudo y subió las escaleras, aferrado al pasamano y respirando entrecortadamente. Estaba llegando tarde al primer día del curso y eso le molestaba, pero más le molestaba no recordar exactamente en qué salón se dictaba, aunque sí sabía que era en el segundo piso. Llegó, por fin, al corredor iluminado únicamente por la tenue luz natural que llegaba al pasillo, resaltando la nube de polvo que se levantaba cerca de las puertas de madera. Los salones se situaban a ambos lados del corredor, aquellos con numeración par a la derecha, los impares a la izquierda, cinco de cada lado. Esteban creyó recordar que el salón donde se dictaba la clase se ubicaba en el lado izquierdo, así que corrió hasta el primero en el que vio gente y, casi en un único movimiento, abrió la puerta, entró, pidió disculpas y se sentó. Detrás de él, la puerta se cerró.

Nadie prestó atención a su entrada. Al frente de la clase, delante del pizarrón con garabatos ilegibles y manchas de tiza, el profesor daba un discurso en voz baja y tono constante. Esteban lo observó con atención; era un hombre muy anciano, con unos pocos mechones de pelo fino y blanco a la altura de las sienes y el rostro muy ajado, casi tan blanco como el pelo. Permanecía parado frente a la clase, encorvado y con un libro en las manos; daba la impresión de que una corriente de aire lo suficientemente fuerte podía derribar a aquel viejo y dejarlo convertido en arena y polvo en el suelo. Esteban notó que tenía los ojos vidriosos y no parecía pestañear, y que dentro de su monólogo casi ininteligible repetía ideas sobre el tiempo y el espacio, espaciando las palabras pero sin resaltar ninguna.

Convencido de que esa no era su clase, se levantó con cuidado y fue hasta la puerta por la que había entrado, para descubrir que no podía abrirla. Confundido, volteó para pedir ayuda a los demás estudiantes, a los que aún no había prestado atención, y sintió cómo todos los músculos de su cuerpo se contraían coordinados por el horror.

Repartidos por la clase había unos diez estudiantes, hombres y mujeres de diferentes edades, que compartían la característica de aparentar no estar vivos. Recostados sobre sus asientos, todos tenían la piel pálida como quien no ve el sol durante mucho tiempo, la vista perdida hacia adelante y la postura completamente rígida, con la boca semiabierta. Lo único que probaba que aún no estaban muertos era el suave subir y bajar del pecho al respirar y un lento pestañeo, pero ninguno daba indicios de haberse movido en los últimos meses. Esteban, con las manos sudorosas, intentó forzar la puerta pero fue inútil; se acercó lentamente al profesor, el único ser animado además de él, y le pidió por favor que lo dejara salir de ese lugar horrendo.

No hubo respuesta. Desesperado, Esteban tomó con fuerza el brazo del anciano e imploró que lo liberara. Sin abandonar su discurso, el profesor giró levemente la cabeza y clavó su mirada en los ojos del estudiante; en ese instante, Esteban creyó reconocer en los ojos del anciano la misma desesperación que sentía él. Soltó el brazo del hombre y corrió hacia la puerta, embistiéndola con todas sus fuerzas, sin resultado.

— No va a abrir —dijo una voz cansada. Esteban se volteó rápidamente, con el hombro dolorido por el golpe y una terrible sensación de vacío en el estómago, para buscar a quien le hablaba. En una de las sillas cercanas a las ventanas, el menos muerto de sus compañeros se incorporó lentamente, sin voltearse a verlo.

— ¿Cómo que no abre? —fue lo único que alcanzó a responder Esteban, haciendo fuerza para respirar. De todas las cosas que estaban mal, eran imposibles o no tenían sentido en ese lugar, la puerta cerrada era la única que realmente lo desesperaba.

— No, nunca vuelve a abrir. Nos ha pasado a todos, lo siento mucho.

Los ojos hundidos de aquel ser expresaban una pena que, según le pareció a Esteban, no sólo se extendía a su desgracia, sino a la de todos los presentes en la clase. Con un último vestigio de vitalidad y la torpeza propia de una máquina que no se ha encendido en años, el hombre se levantó de su asiento y se dirigió hacia la ventana, absorto en sus pensamientos algodonados. Era un hombre mucho más joven que el profesor, pero evidenciaba de manera muy clara el paso del tiempo a través de su ropa de otra época y la piel amarillenta como el pergamino. Por un momento, Esteban pensó que al pobre hombre le habían sacado toda el agua del cuerpo, hasta dejar esa cosa seca que ahora contemplaba la oscuridad infinita a través de la ventana.

Por primera vez desde que había entrado al salón, Esteban reparó en la oscuridad que había afuera. Con los dientes apretados y un nudo en la garganta, se acercó a la ventana y quiso creer que sus ojos desorbitados lo engañaban, porque sabía bien que no podían ser más de las diez de la mañana. La expresión de terror en su rostro llamó la atención del hombre en la ventana, que con la sombra de una sonrisa producida por una situación embarazosa, le explicó:

— El primer salto es difícil de asimilar, pero uno se termina familiarizando. A la larga, a todos nos lleva más o menos el mismo tiempo, creo. Si es que el tiempo vale algo aquí adentro, claro.

El hombre se mostraba más animado, como si la llegada de un nuevo compañero lo hubiera despertado de su letargo. Se acomodó el pelo con la mano y continuó, con la vista perdida y acariciándose la barbilla, como si buscara reconocerse:

— Me presentaría, pero no recuerdo mi nombre. En todo caso, debe saber que soy el último que ha ingresado a este recinto antes que usted. Tal vez por eso aún soy capaz de hablarle, el resto se ha perdido en sus ideas. Verá, el paso del tiempo es un veneno para la mente y el cuerpo, pero más toxica aún es su detención. Con el tiempo, si me disculpa la ironía, usted comprenderá.

No, Esteban no comprendía nada de lo que el hombre sin nombre decía, pero al mismo tiempo le parecía todo terriblemente real. Era real el zumbido en sus oídos, el corazón que intentaba a cada latido escapar de su pecho y la sequedad de su boca. Sin lugar a dudas, él, el salón y el hombre que de a poco revivía eran reales. Con un hilo de voz quebrada y haciendo el mayor esfuerzo posible por entender, preguntó:

— ¿Dónde estoy?

— No lo sé —respondió el hombre—. He intentado descifrarlo desde que quedé encerrado en este purgatorio, pero la única información que se puede recibir aquí dentro es la que se ve por estas ventanas.

Esteban miró al profesor, parado frente a la clase, dando su monólogo interminable.

— Ese viejo no dice nada útil—se quejó el hombre mientras se refregaba los ojos—. En cambio, por aquí he visto... lugares. Lugares y momentos, indistinguibles en su mayoría. Oh, vamos, guarde un poco de ese asombro, hágalo durar, por su bien.

El joven estudiante contuvo la respiración. Ya no prestaba atención a su compañero, pues fuera del salón, en lugar del paisaje habitual, se encontraba una inmensa y brillante galaxia espiral. Dentro, el ambiente aún era iluminado por la fría luz artificial de los tubos colocados en el techo.

— ¿Dónde estamos? —volvió a preguntar Esteban.

— ¿Cómo saberlo? —contestó el hombre—. Puede ser cualquiera, hay muchas similares.

Esteban no lo había notado, pero dentro de los puños cerrados, tenía las uñas clavadas en la palma de la mano. La luz helada de la galaxia le cubría todo el rostro. Cuando abrió la boca para volver a hablar, sintió la mandíbula acalambrada.

— Esto no puede ser real, deberíamos estar todos muertos, asfixiados, despedazados.

—Oh, lo es, créame. Esto es real, usted y yo estamos aquí, en este momento. Pero ya no estamos vivos, no señor, ni tampoco muertos. Disculpe si sueno críptico, pero lo que le estoy diciendo es todo lo que sé.

Esteban no se detuvo ni un segundo a intentar procesar aquella respuesta. Quería seguir preguntando, hasta conseguir una respuesta que le resultara familiar y lo regresara a una vía de pensamiento más habitual.

— ¿Cómo llegamos hasta acá?

— Verá, amigo, creo que ahí está el truco. Por lo que he podido observar, este recinto, salón si quiere, puede estar en cualquier lugar, en cualquier momento, en cualquier orden. Ningún método de desplazamiento clásico permite eso, ya que para ir de una galaxia a otra, aún a la velocidad más alta posible, demoraríamos varios años. Ni hablar del hecho de viajar en el tiempo a, literalmente, cualquier momento en la vida del Universo. Creo que la única manera de que eso sea posible es que en realidad no nos estemos moviendo, si no que existamos en todo momento, en todo lugar, por fuera de la línea espacio-temporal y que, por lo tanto, el tiempo no transcurra aquí dentro. En otras palabras, sea usted bienvenido a la eternidad.

Esteban soltó una carcajada. Evidentemente, se había caído por la escalera cuando subió corriendo, o quizás finalmente había desarrollado la más profunda locura. Su compañero lo miró con gravedad.

— Yo también me creí loco, lo creí por mucho tiempo —continuó—. Es curioso cómo cambia la percepción que tiene uno de sí mismo y de lo que lo rodea la primera vez que observa... oh, aquí viene. Observe.

Afuera, a una distancia incalculable de la ventana, todas las estrellas, todos los planetas, todo el polvo y las galaxias y la historia, se concentraba en un punto ínfimo, infinitamente brillante. De repente, más rápido de lo que cualquiera podía llegar a percibir, el punto palpitó, se hinchó y estalló en todas direcciones. Esteban, llorando, se dejó caer al suelo. Acababa de contemplar el nacimiento del Universo.

— Había olvidado que se veía tan bien —dijo para sí mismo el hombre sin nombre. Lentamente se acercó a Esteban, que continuaba en el suelo, y lo miró con una mezcla de compasión e impotencia.

— Lo lamento muchísimo —se disculpó—. De verdad lo siento muchísimo. Me gustaría poder explicarle por qué estamos aquí, pero realmente no lo sé. Puedo decirle que es la voluntad de alguien que ha decidido ponernos a prueba y en algún momento nos liberará, o que simplemente han decidido castigarnos, o incluso disfrutar observando nuestro sufrimiento eterno, pero nada de lo que diga estará fundamentado. Ahora, si me disculpa, necesito un tiempo para meditar.

El hombre se dirigió torpemente a su asiento y en unos pocos minutos recuperó su posición inicial, rígida y con la vista hacia el pizarrón. Esteban comprendió que luego de la desesperación, la negación y las dudas sobre la cordura propia, aquella era la etapa final. Se levantó sin ganas, y a pesar de no sentir cansancio, caminó arrastrando los pies hasta una silla en el centro de la clase. Se dejó caer, con la cabeza entre las manos, y se rindió.


De pronto, el sonido de las bisagras opacó el murmullo interminable del profesor. Una joven de pelo enmarañado, con las manos cargadas de libros, entró con prisa y se sentó en el asiento más cercano a la puerta. Esteban levantó la vista y quiso gritar, pero había olvidado cómo hacerlo; la joven se fijó en él, sorprendida, y por un instante cruzaron miradas, hasta que el sonido de la puerta al cerrarse la distrajo.

sábado, 23 de enero de 2016

Los visitantes

Supusimos que era una nave tripulada cuando escapó de la órbita de Júpiter. El primer tramo de trayectoria dentro del Sistema Solar podría haberse confundido con el de un cometa curiosamente inadvertido por los estrictos controles de la NASA, pero el viraje deliberado en dirección a la Tierra había dejado claro que los movimientos del objeto no eran erráticos. Pocas horas después, la nave podía verse en el cielo de todas las ciudades situadas en la cara iluminada del planeta. Llegaron más rápido de lo que esperábamos.

No ha habido contacto. La nave pasó a formar parte del paisaje cotidiano, apareciendo sobre el horizonte poco después del amanecer y surcando el cielo de lado a lado. Acechando, amenazante, para unos; aguardando, paciente, para otros. Los visitantes guardan una actitud pasiva y distante, aun cuando hemos enviado a nuestros representantes en transbordadores con la intención de tener, si es que es un concepto compartido por la especie extraña, una reunión. Su procedencia no es más clara que sus intenciones; a partir de la trayectoria observada se supone que la nave provendría, en la mejor de las aproximaciones, de algún sitio en la constelación de Virgo, a una distancia desconocida y de un planeta no identificado como habitable. Si respondieran algún intento de comunicación... Pero no, no ha habido respuesta en todas estas semanas y es como si todo el silencio del espacio se hubiera esparcido en la Tierra, a la sombra de esa nave imperturbable que sigue al Sol día a día.

¿Hasta qué punto cambia nuestra posición de únicos habitantes en el Universo conocido si no establecemos contacto con ellos? Ya no estamos solos, claro, pero tampoco conocemos a ninguna otra raza inteligente. Sólo podemos suponer que dentro de ese coloso de metal negro, si es que hay alguien ahí dentro, se encuentra una forma de vida cuya historia no tiene, en principio, ningún punto en común con nosotros, salvo por el nacimiento del Universo mismo. ¿Serán humanoides? No tienen por qué. Necesariamente deben estar sometidos a la mismas leyes físicas que nosotros, deben haber vencido la atracción gravitatoria de su planeta para llegar hasta acá, y de alguna manera logran mantenerse a una distancia constante de nuestra superficie. ¿Cómo llegaron? Es demasiada distancia, demasiado tiempo, sin importar de dónde vengan, pero el Universo es el mismo y la velocidad máxima es una sola, ¿o no? Nos debemos estar perdiendo una parte de la historia, una parte gruesa y rebuscada, que probablemente no entenderíamos aunque la tuviéramos escrita frente a nosotros en estos estúpidos diarios que escupen día a día teorías sobre los visitantes.

La contractura en el cuello me hace bajar la vista después de unos minutos; los últimos días no han sido días particularmente buenos para descansar. Se percibe una apatía generalizada, un desinterés propio de quien sabe que el desenlace de la historia está fuera de su alcance, y vaya si lo está. Todos han tirado la toalla y esperan, sentados en su esquina, el veredicto de un juez que quizás ni siquiera esté presente para tomar la decisión. A mi lado, un niño observa el cielo con los ojos bien abiertos.
“¿Son buenos o malos?”, pregunta. No sé si la pregunta va dirigida a mí, ni tampoco estoy seguro de querer contestarla. ¿Son buenos o malos? ¿De acuerdo a quién? ¿Significará algo para ellos? El niño me mira, pero no puedo preguntarle a él, porque aunque yo tenga preguntas, él busca respuestas. Y yo también.

¿Buenos o malos? Camino con la vista perdida en la multitud preocupada. En principio, son aptos. Si llegaron hasta acá, deben haber superado todos los inconvenientes necesarios. ¿Es la teoría de la evolución una ley universal? Tienen que haber progresado, al menos en materia intelectual. Si están acá, pienso, es porque no se han matado a sí mismos, y eso es mucho más de lo que podemos decir acerca de nosotros. Una civilización con la energía suficiente para viajar hasta la Tierra desde una estrella lejana sólo puede haber sobrevivido al suicidio colectivo de dos maneras: evitando la guerra, o ganándola. ¿Cuánta energía tendrán? Tal vez tengan dominio de toda la energía de su sistema planetario; eso los ubica como una civilización del Tipo II en la Escala de Kardashev, la primera de ese tipo que conocemos. Nosotros no llegamos al Tipo I, dominio total de la energía de nuestro propio planeta. Tenemos las de perder.

¿Doctores o generales? Esa es la pregunta. ¿Qué hay dentro de esa nave? ¿Observadores minuciosos que anotan cada detalle a la distancia, o estrategas que planean la manera más eficiente de borrarnos de un plumazo? Una civilización lo suficientemente inteligente para desarrollar el viaje interestelar debería, también, ser tan inteligente como para sobrevivir al exterminio mediante la paz. ¿Las personas inteligentes no se inclinan por la paz, siempre? Deberían saber lo nefasta que es la guerra, más a semejante escala. La única manera de lograr un desarrollo tecnológico capaz que de transportar a un grupo de personas de una galaxia a otra debe ser el acuerdo planetario a favor de la ciencia, sin perder el tiempo (y los fondos) en una carrera armamentista interna. Al fin y al cabo, ¿para qué querrían armas? En una sociedad pacífica, la guerra sería evitada a toda costa, mientras que en una civilización beligerante cuyos adversarios hubieran sido masacrados, sería innecesaria. Todo el esfuerzo de un planeta estaría dedicado a perseguir el bienestar y el desarrollo cultural e intelectual.
¿Dónde está el niño? Tengo la respuesta a su pregunta. Una raza tan avanzada, tan inteligente y tan superior a la mediocridad humana, no puede tener intenciones hostiles. Le resultarían estúpidas, como a las mentes sensatas de nuestro planeta le resulta estúpido que las personas se maten por un pedazo de tierra o algunos párrafos de un libro. Un idiota no puede manejar una nave a través del espacio, en una hazaña propia de nuestra ciencia ficción, con la única intención de matar a un grupo de simios que dejaron de arrastrar los nudillos hace unos pocos millones de años y no han logrado pasar de su propio satélite en cincuenta años de carrera espacial.

Debo encontrar a ese niño. Necesito decirle que esa amenaza que tiene sin dormir a siete mil millones de personas desde hace más de un mes es sólo un grupo de estudio, observadores que deben tomar notas y plantear teorías, como quien observa un camino de hormigas o una placa de Petri al microscopio. Veo al niño cruzando la calle en su bicicleta; su mirada me dice que aún no tiene la respuesta, esa que tengo yo. Camino hacia él con una sonrisa, y creo que él sabe que yo sé que vamos a estar bien, porque al fin y al cabo qué tan grave es ser observados por un montón de extraterrestres con sus túnicas espaciales.

Estoy a siete, seis pasos. Cinco tal vez, cuando comienzo a hablar, pero el niño no escucha. El estruendo es ensordecedor y el cielo, con la nave imperturbable, se enciende en llamas azules y violetas y el suelo, área de estudio o campo de guerra, se separa en millones de pedazos y ya no es más, nunca más.


Doctores o generales, en ese momento, lo mismo da.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Primer amor

Todavía no me puedo olvidar del día en el que la perdí, pero no me acuerdo si fue hace una semana o hace mil. No puedo olvidarla, porque aunque sé que no fue la primera, sé bien que fue única. Todas las que ganamos y todas las que perdimos las festejamos y las bancamos juntos, siempre.

No puedo olvidarla, porque nunca antes conocí una tan perfecta, tan linda, tan suave. Podía llover a cántaros o hacer más calor que nunca, que siempre nos iban a encontrar juntos en la plaza o en la cuadra esa que tiene poco tránsito y esa vieja que ya se queja cuando nos ve venir juntos. O se quejaba.

Es verdad, nos peleamos algunas veces, pila de veces, pero la culpa no era siempre mía, o eso me gusta creer. Qué culpa tenía yo si ella quería pasar más rato con el gil de enfrente, que la podía tratar mejor pero nunca concretaba nada y se creía el dueño. O si cada vez que volvía a mí, no sabía qué hacer y la perdía de nuevo. Yo la quería igual, porque sabía que al final de todo, al caer el sol, volvía a casa conmigo.

Hasta que no volvió más.

Yo lo vi al que manejaba, le vi la cara. Lo vi que la miró con odio, con resentimiento, supongo que haría tiempo que no tenía una. Se me escapó a mí, no la alcancé y cruzó, y el chofer que venía manejando la vio y siguió, y yo le dije que no pero no paró y la pisó, así nomás, y mi vieja que justo salía y que me gritaba y yo que miraba la calle y no podía creer lo que pasaba y no quería escuchar a nadie, y mi vieja que decía que a ella no le regalan nada y que vamos para casa y que ya vas a ver cuando lleguemos.

Y yo, a todo esto, me había quedado sin la mejor pelota del mundo.

sábado, 21 de junio de 2014

Azar

El lugar de encuentro fue un viejo bar, con las paredes manchadas de humedad y la vereda con baldosas flojas. Todo aquel que pasaba se preocupaba más por esquivar los charcos escondidos que por la fachada gris de aquel lugar, empapada de fría llovizna de otoño. Todos, salvo aquellos dos hombres que decidieron encontrarse allí, en una esquina cualquiera.

Por dentro, el lugar era más acogedor, si bien el olor a humedad recordaba a sus huéspedes que los últimos años habían sido tan duros para el barrio como para el resto de la ciudad. La que antes era sede ineludible de charlas interminables y discusiones encendidas, hoy albergaba caras largas y voluntades cansadas. Eran, efectivamente, tiempos difíciles.

Los hombres pidieron el único trago que servía la casa, afectada por la escasez de víveres a nivel regional, producto a su vez de la crisis mundial. El mozo dejó sobre la mesa los vasos grasientos con el espeso licor y se retiró, adivinando en el gesto de sus clientes la necesidad de privacidad. No en vano habían elegido el rincón más gris de aquel remoto planeta; no debían levantar sospechas.

-¿Brindamos? –preguntó el primer hombre, levantando el vaso. Daba la impresión de que alguna vez había sido una persona admirable, aunque ahora tenía el rostro marcado por arrugas y la ropa gris y gastada, como si los años hubieran pasado sin que él los notara.

-No me parece el mejor momento –contestó el segundo, con la vista perdida. Llevaba cada detalle de su vestimenta –del blanco más impoluto- cuidadosamente arreglado, como si se hubiera tomado toda la eternidad para preparar su imagen. A pesar de ello, no inspiraba mayor respeto que su compañero de mesa; ambos dejaban en el aire la misma impresión solemne en cada uno de sus movimientos.

-Es una pena que siempre nos veamos en estas circunstancias, ¿no? –preguntó el hombre de gris, mientras el licor le provocaba una mueca de asco.

-No encuentro otro motivo por el que debamos vernos, usted sabe bien qué nos trajo acá.

-Sí, es que… ¿ha pensado cuántas veces hemos hecho esto? Y sin excepción, siempre, nos volvemos a citar en algún rincón oscuro y sucio, para lo que usted ya conoce. Es una lástima.

-Permítame discrepar, pero no siempre han sido tan oscuros. Este, sin ir más lejos, parece tolerable.

-Esto no da para más, y usted lo sabe. ¡No es que quiera criticar su obra, por supuesto! –se apresuró a acotar el hombre gris, al ver el gesto de su colega-. Pero esto ya no se revierte.

-Tiene razón, no se hable más –dijo el hombre blanco, mientras metía la mano en el bolsillo del saco.

-Espere, ¿qué lo apura? Ya sabe que todo termina igual, tarde o temprano. El tiempo es tirano, pero no para usted. Tómese el trago y disfrute la charla, que para algo siempre hay calma antes de la tormenta, ¿no?

-En este mundo, sí.

-Bueno, conversemos entonces. ¿Recuerda aquella vez que nos tuvimos que encontrar? Se perfilaba bien aquel mundo, fue una lástima aquella guerra...

-¿A cuál de todas se refiere?

-A todas, siempre aparece alguna. Uno no puede esperar a encontrar el universo perfecto, que ya se están matando.

-Alguno va a aparecer.

-Sí, ¿pero mientras qué? ¿Cuántos vamos ya?

-He perdido la cuenta, sabrá entender.

-¿Usted pretende que yo crea que el Señor del Orden no tiene un registro de todos y cada uno de los universos que ha creado y han perecido en manos del Señor del Caos? Por favor, saque la lista.

El hombre de blanco se sorprendió al escuchar su nombre, pero entendió que ya no tenía sentido ocultarlo. Además, nadie en el bar parecía tener interés en aquella charla. Buscó dentro de su saco y sacó una lista interminable en la que, con letra clara, se detallaba cada intento de universo perfecto y las causas de su debacle. Visiblemente molesto, entregó el papel al otro hombre, que esbozó una triste sonrisa.

-Veo que lo enorgullece su obra.

-Para nada, es sólo trabajo. A fin de cuentas, alguien debe hacerlo. ¿Los tiene todos registrados?

-Así es. ¿Se los enumero uno por uno?

-No es necesario, yo también llevo la cuenta. Ahora, me había olvidado de éste –dijo el Señor del Caos, señalando una de las anotaciones.

-Intento no recordarlo.

-Lo bien que hace, estimado.

-Lo noto alegre.

-Sabe que no, ya quisiera dejarlo en paz. Mientras, sólo cumplo mi función. ¿Quiere proceder?

-Pensé que no lo iba a pedir nunca.

El Señor del Orden sacó de su bolsillo un par de dados, los únicos elementos que evidenciaban el paso del tiempo entre sus pertenencias. Habían sido blancos alguna vez, pero el uso los había oscurecido.

-Parece que fuera ayer la última vez que hicimos esto –comentó al pasar el Señor del Caos.

-Sabe bien que, para nosotros, siempre parece ayer. A fin de cuentas, ¿qué son unos cuantos millones de años en la eternidad?

-Escúchese, parece que hasta le gustara conversar.

El Señor del Orden sonrió.

-¿Vio? Es más, lo veo confiado. Quizá, después de todo, la suerte exista y hoy sea su día.

-Quizás –respondió el hombre de blanco, soltando los dados sobre la mesa. Sabía que tal suerte no existía, pero nuevamente se sentía esperanzado.

Doble seis. En el principio todo fue oscuridad. Luego, hubo luz.

jueves, 20 de marzo de 2014

El artesano

En una calle montevideana, que en invierno traicionaba con baldosas flojas y en verano se escondía bajo la sombra de paraísos y jacarandás, vivía un viejo artesano que trabajaba con vidrio. Los nuevos clientes lo llamaban "el vidriero" o, en su defecto, "el viejo de mitad de cuadra", pero él insistía en que lo llamaran "Don Carlos". Había aprendido el oficio de su padre, Don Carlos padre, y había trabajado toda su vida en lo mismo, desde que terminó la escuela hasta aquellas tardes frías de mayo, cuando recibió su último trabajo.

Don Carlos tenía una habilidad inigualable para trabajar el vidrio. No eran pocos los que sospechaban que aquel viejo canoso y encorvado dominaba, además de la artesanía, algún tipo de magia que le permitía doblegar a cualquier pieza a su antojo. "El mago del vidrio" le decían; o al menos eso contaba los domingos, después del almuerzo, cuando sus nietos pedían historias de todas las veces que arregló algo casi imposible, justo a tiempo y dejándolo mejor de lo que estuvo antes. Don Carlos, además de un gran artesano, era un mejor contador de historias y aún mejor exagerador de anécdotas.

Sin embargo, esta historia no la contó él. Comenzó como un rumor en el barrio, evolucionó en certeza y se convirtió en leyenda; ningún niño que se digne a jugar al cordón a menos de diez cuadras de aquella casa puede desconocer la historia de Don Carlos y su reloj de arena.

A mediados de otoño, cuando el asfalto estrenaba su tapizado anaranjado y el sol tímido no alcanzaba para combatir la brisa, un forastero llegó al barrio con una tarea para Don Carlos. Flaco, muy alto y desgarbado, de manos frías y rostro pálido, se presentó un lunes en la casa-taller y fue recibido por el propio artesano. Metió la mano huesuda en el bolsillo de su abrigo desgastado y sacó un reloj de arena roto, igual o más viejo que el abrigo. Le dijo que lo necesitaba sano en una semana y que pagaría lo que fuera necesario, pero que no vendría a buscarlo ni antes ni después. Una semana, ni un día más, ni uno menos. Don Carlos aceptó el pedido, sabiéndose capaz que arreglar el reloj en un par de horas, y despidió al extraño con un apretón de manos. El acuerdo estaba cerrado.

El artesano examinó el artefacto y no encontró una gran dificultad en la tarea, mas sí le llamó la atención aquella pieza. Parecía muy antigua, anterior a cualquiera que Don Carlos, padre, hubiera recibido en su propio taller. El cristal de excelente calidad prometía ser fácil de trabajar, por lo que Don Carlos, hijo, decidió empezar el martes. Los años no venían solos y el sol de otoño iluminaba, pero hasta ahí nomás. Mejor dejar para después.

Al día siguiente, por la mañana, Don Carlos observó detalladamente la rotura y puso manos a la obra. Como había previsto, el arreglo estaba terminado poco tiempo después, por lo que bastaba esperar unas horas más hasta probarlo. El hombre almorzó con su esposa, como hacía ya más de cincuenta años, y se entregó al sagrado ritual de la siesta. Si había algo que Don Carlos hacía mejor que trabajar y contar historias, era sestiar.

Por la tarde, al levantarse, se dirigió a su taller a comprobar la eficiencia de su obra. Giró el reloj y, ante su asombro, vio como toda la arena caía a sus pies, como si nunca hubiera arreglado aquel agujero. El asombro dio paso a la puteada a viva voz, costumbre heredada de Don Carlos padre, y ésta a la pala y la escoba, costumbre adoptada por una manía por el orden. Cuando cada grano del contenido del reloj estuvo a salvo en un frasco, Don Carlos se sentó a observar el artefacto que estaba como lo había traído aquel hombre, sin rastros de su trabajo. Aún sin entender dejó el reloj sobre la mesa, cerró el taller y salió a caminar por el barrio. Todos sabían que si Don Carlos andaba dando vueltas por el barrio era porque estaba concentrado en algo, pero nadie quiso preguntarle. Ya se le iba a pasar.

Se hizo miércoles. El artesano tomó sus mates de la mañana y se dirigió al taller, como todos los días. Miró de reojo el reloj y como quien no quiere la cosa, se le arrimó de golpe, a ver si lo agarraba desprevenido. Arregló la rotura en tiempo récord y anotó en una libreta la hora, como constancia de que no estaba soñando. Con el problema solucionado, se dedicó a leer el diario y regar las plantas, tareas relajantes de cabecera para Don Carlos.

Jueves. Desconfiado, Don Carlos desayunó y salio a caminar. Repasó mentalmente lo que había hecho el miércoles, recordó detalladamente cada movimiento que hizo en el taller y cuando estuvo convencido, volvió. Abrió la puerta del taller, fue hasta la mesa, tomó el reloj y la puteada se escuchó desde la esquina. Estaba como había llegado, otra vez, pero ahora la hora en la libreta comprobaba que no había sido un sueño. Era cosa de Mandinga. Don Carlos tapó el agujero una vez más, aunque esta vez con desprolijidad producto del enojo y el susto, cerró el taller y no recibió a nadie más. Estaba agotado.

Llegó el viernes y Don Carlos se despertó mucho más tarde que de costumbre. Apenas había dormido la noche anterior, pensando en aquel reloj endemoniado y en el cliente que vendría a buscarlo el lunes sin falta. Almorzó con miedo y los ojos pesados, para luego arrastrar los pies hasta el taller, esperando lo peor. Abrió la ventana de par en par, así el aire frío y la luz que se colaba entre las nubes de tormenta lo despertarían. Fue hasta la mesa, tomó el reloj y antes de que pudiera reaccionar, toda la arena cayó al suelo. Frustrado, se dispuso a barrer por segunda vez cuando el horror lo paralizó; la arena, que hace instantes estaba desparramada, giraba en un remolino en torno a él. Sin poder moverse, observó la secuencia como si hubiera ocurrido en cámara lenta: el remolino de arena, la ventana abierta, la arena que sale por la ventana, la ventana que se cierra, la pala y la escoba que caen. Don Carlos se quedó sin tiempo. Cerró la puerta del taller y guardó la llave. No iba a volver hasta el lunes.

Durante el fin de semana, el artesano cumplió su palabra y no puso un pie en el taller. No quería enfrentarse al único desafío que no había podido superar, ni pensar en la llegada del único cliente que no se llevaría su pieza de cristal en buen estado. Se dedicó a disfrutar de su familia como no había podido durante mucho tiempo, pues no recordaba la última vez que se había tomado un sábado libre. El domingo almorzó con la familia como de costumbre, sin la más mínima mención al incidente del reloj. La expresión cansada que tenía en su rostro durante la semana había quedado atrás, como un recuerdo lejano. Entre tantas historias y anécdotas exageradas, no tuvo tiempo de recordar al infame hombre alto hasta la noche, cuando ya en la cama recordó el plazo vencido. Se encogió de hombros, inventó una excusa vaga para usar cuando llegara el momento y se durmió. Se sentía bien.

La mañana del lunes fue la más fría de todo el otoño, no tanto por el viento helado que amontonaba las hojas en el cordón de la vereda, sino por el cartel que en la puerta del taller cerrado decía, en letras negras y con la irregularidad propia de un trazo nervioso: "CERRADO POR DUELO". Dicen que el hombre alto y pálido apareció esa tarde y al leer la noticia, chasqueó la lengua y murmuró entre dientes: "Se quedó sin tiempo".

Dicen.

jueves, 9 de enero de 2014

Cuentos de Zhorax

La gente en Zhorax es feliz. Zhorax es un planeta relativamente pequeño, no mucho más grande que la Tierra, pero sus habitantes han logrado alcanzar una prosperidad y un desarrollo inimaginable en estas coordenadas. Las ciudades se extienden sobre todos los continentes, dejando lugar para la vegetación y la vida salvaje. El desarrollo tecnológico es incuestionable, destinado sobre todo a la salud y el verdadero bienestar de sus habitantes; no se fabrican armas, porque aprendieron que no son necesarias para mantener la paz. Tampoco se promueve el consumo desmedido, porque los nacidos en Zhorax aprendieron hace muchos años que los avances deben ser para todos, no para unos pocos. Toda actividad en Zhorax está sustentada por energía renovable y limpia, favoreciendo el desarrollo amigable con el medio ambiente, patrimonio de todos. Los zhoraxianos han olvidado las antiguas batallas étnicas, religiosas y patrióticas, para unirse en una sociedad sin naciones, pero con matices propios de cada pueblo. Se podría decir que la sociedad zhoraxiana es un ejemplo del resultado de hacer las cosas bien. Pero no siempre fue así.

Hace casi un siglo, nadie quiere recordar bien cuándo, Zhorax vivió la crisis más grande de su extensa historia como nación planetaria. El incesante espíritu de superación había llevado a sus habitantes a cumplir meta tras meta, objetivo tras objetivo, sin cesar. La producción de alimentos aumentaba año a año, la industria establecía récords en todos los ámbitos, nadie descansaba en su éxito para vivir del mínimo esfuerzo. El crecimiento de Zhorax parecía no tener techo, hasta que lo tuvo. La producción desmedida de bienes terminó por cubrir la demanda y saturar todos los mercados. Ya todos tenían todo lo que se necesitaba, entonces nadie compraba; al no comprar, los productos se apilaban a la salida de las fábricas. Los engranajes de la próspera economía zhoraxiana perdieron su sincronía y sumieron al planeta entero en una profunda crisis económica que parecía no tener solución.

Años después, los zhoraxianos más viejos aún se erizaban al recordarla. Aquella crisis no había logrado quitarles del todo la fuerza que los impulsaba hacia adelante, así que con paciencia, voluntad y moderación, lograron salir adelante. Durante mucho tiempo, fueron pocos los valientes que especularon sobre qué hubiera pasado si la sociedad zhoraxiana pre-crisis no hubiera tenido una educación tan robusta y una pasión por el progreso tan firme, principalmente porque nadie recordaba los tiempos en que Zhorax estaba cubierto de naciones diferentes, encerradas en sí mismas por ignorancia y mezquindad.

Las nuevas generaciones que conocen historias de la crisis a través de libros de texto, novelas o historias contadas por abuelos, creen que la misma no ha dejado rastros en la cultura zhoraxiana. Creen que la constante evolución en la que viven terminó por erradicar los miedos y que la crisis fue una lección que debieron aprender una vez, mas no deben recordarla todos los días. Pocos saben, o recuerdan, que aquel mensaje que comenzó como una orden hace casi un siglo, se transformó en advertencia y se transmitió de generación tras generación, hoy es el lema de vida de todo zhoraxiano.

Hoy en día, todos en Zhorax tienen claro que la meta debe estar puesta en lo imposible y que siempre, siempre, se debe dejar para mañana algo que se puede hacer hoy. Al parecer da resultado, después de todo, la gente en Zhorax es feliz.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Puro cuento

Erase una vez, en un reino muy lejano, un príncipe. Hijo primogénito del rey, el príncipe había sido educado en el arte de la guerra, combate cuerpo a cuerpo, equitación, pintura, soldadura autógena y macramé. Tenía tiempo libre en pila. El asunto era que el príncipe, desde su nacimiento, tenía escrito su destino: encontraría a la princesa indicada, se casaría con ella y se convertirían en los nuevos reyes, tarde o temprano. Fácil, salvo porque según la profecía, la princesa viviría en la otra punta del mapa, lejísimos, en lo más alto de una torre sin ascensor. "Jodido, pero no imposible", se repetía el joven príncipe una y otra vez mientras pasaban los años. Hasta que llegó el momento.

Montado en su bravo corcel, el príncipe cruzó los campos, ríos y montes que la separaban de su amada. Eran un montón. Luego de varios días de agotadora cabalgata, príncipe y corcel se enfrentaron a la enorme torre; bien cuidada, linda vista, un poco de humedad en la parte de más allá. El héroe bajó de su fiel compañero y, con las piernas aún arqueadas, tocó timbre. Nada. Tocó otra vez. Nada otra vez. Recién al tercer intento, una cabellera despeinada asomó por la ventana.
-¿Quién es? -preguntó la princesa.
-Soy yo, tu príncipe, oh amada princesa. He venido a rescatarte de esta, tu prisión, para convertirte en la próxima reina de... de... ¿de que te ríes, oh princesa?
-Ay disculpá, me tenté -respondió la princesa entre risas-. Subí y explicame acá.
Y abrió la puerta de su torre. "Tan presa no estaba", pensaba el príncipe, mientras subía las escaleras.

Una vez en su apartamento, la princesa lo recibió de pantuflas y con el pelo empapado. Hermosa imagen.
-Ay disculpá -volvió a decir la princesa-. Es que en un rato me pasan a buscar las chicas y todavía estoy dando vueltas. A ver, decime otra vez, ¿a qué venías?
-Oh princesa -dijo el príncipe, que no sabía arrancar las frases de otra manera-. He venido a rescatarla de su... bueno, he venido a buscarla, para cumplir nuestro destino como sucesores de mis padres, los reyes. Pensé que me estarías esperando...
-Pensaste mal, gordo -dijo la princesa, mientras seguía con sus preparativos-. Además viniste justo hoy que tenemos un té, ¿no podías llamar antes?
-Bueno, ahora que lo dice...

El príncipe no entendía nada. No sólo había pasado toda su vida preparándose para rescatar a una princesa que no necesitaba ser rescatada y que no sabía de su existencia, sino que además era bastante boluda. Eso, sin mencionar las pantuflas con forma de oso.

-Princesa, yo... yo sé que puedo estar siendo inoportuno, pero así es como debe ser, así está escrito. Si es tan amable de acompañarme, le explicaré en el camino -propuso el príncipe, despertando nuevas risas en su supuesta amada. Cuando la princesa entendió que el muchacho hablaba en serio, dejó de reír.
-Mirá príncipe, me parece divino que hayas venido hasta acá, en serio. Se nota que sos un chico divino y todo lo que quieras, pero no sé de qué me hablás. ¿Por qué no te dejo mi número y lo hablamos después, más tranquilos? -preguntó, mientras acompañaba al joven a la puerta, echándolo sin ningún disimulo.
-Pero princesa...
-Chau -lo interrumpió ella, cerrando de un portazo.

Y ahí estaba nuestro príncipe, frente a la puerta del apartamento de una princesa que no necesitaba ser rescatada porque no estaba presa, que no le había dejado su número y que, al fin y al cabo, ni siquiera conocía. Profecía o no, ese no era su lugar, o al menos así lo sentía él. Y si él lo sentía así, ¿quiénes eran los demás para decirle dónde debía estar? Con esa idea dándole vueltas en la cabeza, el príncipe emprendió la retirada, pensando hacia dónde seguir de ahí en más. En una de esas podía terminar ese curso de reflexología que había dejado por la mitad, si total, el destino era puro cuento.

domingo, 11 de agosto de 2013

Lejos

No olvido más aquella noche. Tenía como costumbre salir a caminar cuando los días resultaban largos, esperando que los problemas se perdieran en la oscuridad. Caminé sin rumbo, sin darme cuenta de que la ciudad se terminaba, hasta que levanté la vista y descubrí el que sería mi refugio. El campo, negro e inmenso, se extendía a ambos lados de la carretera, ofreciendo su silencio sin hacer preguntas. Me senté en una loma alejada del camino, sobre el suelo húmedo, para contemplar el cielo estrellado y pensar. Sobre todo pensar.

¿Qué estaba mirando? El cielo, pensé. Más precisamente, las estrellas. Lo bueno de estar fuera de la ciudad era ese arreglo infinito de luces lejanas y frías. ¿Frías? No lo había pensado hasta ese momento, pero una estrella era todo menos fría. Claro que no ayudaban a soportar mejor la helada, pero cada una de ellas era tan abrasadora como las demás. Cada una era un mundo encendido, viajando en silencio a través del espacio interminable, atado por fuerzas invisibles, quién sabe desde cuando, quién sabe hacia dónde.

Intenté imaginarme a una estrella cualquiera. La vi -creí verla- suspendida en la nada, inmensa, girando, y dudé. ¿Estaría sola? Podría estar acompañada por otra estrella, pero ese no era el caso. Mi pregunta era: ¿habría algo más?

Me sentí minúsculo y estúpido. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Era de esperarse que habiendo tantas estrellas, hubiera otros tantos mundos, cada uno en su órbita alrededor de una o más de ellas. La pregunta inmediata, casi instintiva, fue: ¿viviría alguien en ellos? Sentí que no daba a la pregunta la magnitud que merecía, por lo que la formulé otra vez: realmente, ¿vive alguien en alguno de ellos?

No podía contemplar al mismo tiempo todo lo que implicaba la existencia de otra civilización. ¿Cuándo habrían aparecido? ¿Cómo? Eran preguntas que no podía contestar bien sobre nosotros, mucho menos sobre ellos. ¿Que habrían tenido que pasar para llegar hasta donde estaban ahora? Apenas conocía detalles sobre la historia en mi planeta, ¿qué podría entender de la suya? ¿Cómo estarían organizados? Mi mente pasaba de temas fundamentales a irrelevantes en segundos, preguntando. ¿Cómo son? ¿De qué están hechos? ¿Qué escuchan? ¿Escuchan? ¿Ven, sienten, viven como nosotros?

Supuse que si su mundo era parecido al nuestro, ellos también lo serían, pero no habrían vivido nada de lo que vivimos nosotros. Su historia, la historia de todos, estaría escrita de otra manera. Me dolía el cuello, no había dejado de mirar para arriba en ningún momento; bajé la vista y pensé en la ciudad (y el mundo) que tenía detrás mío. Y en el suyo.

¿Tendrían amigos allá? ¿Familias? ¿En qué creerían? ¿Se odiarían, como nos odiamos nosotros? Quizás habían superado esa etapa, ¿pero si no? ¿Intentarían dominarse entre ellos? ¿Pasarían hambre? ¿Se dejarían morir unos a otros? ¿Se matarían, ellos también, por un ridículo pedazo de escombro flotando en un espacio más grande que el que pueden entender?

Levanté la cabeza, molesto, y una luz me impidió mirar al horizonte. Entre tantas ideas olvidé que tarde o temprano se hacía de día. Me paré mientras el sol amarillo corría a las últimas estrellas, calculando cuántas horas podría dormir antes de que mi familia, que no entendía de especulaciones interplanetarias, tirara abajo la puerta de mi cuarto. "Suficientes" pensé, mientras emprendía el regreso a casa, con mi última interrogante a cuestas: ¿alguien más, en algún lugar perdido del Universo, se preguntaría lo mismo que yo?



Detrás mío, nuestro segundo sol hacía su brillante salida unos minutos después que su hermano, como todos los días.

domingo, 14 de julio de 2013

Domingo

La brisa lo encontró leyendo, sobre el pasto, en una típica tarde de octubre.  Los rayos de sol que caían suavemente daban al domingo su tranquilidad característica, interrumpida sólo por los gritos de niños que jugaban lejos, muy lejos, en el otro extremo de la plaza. Este era su rincón, su puerta de entrada al mundo de papel y tinta que tanto extrañaba durante la semana. Este era su día de lectura, en soledad, lejos de preocupaciones y desafíos. Este era su momento, hasta que levantó la vista para descubrir que su mundo era invadido.
La vio sentarse a unos metros, sobre el pasto y libro en mano al igual que él, desconectada del mundo que la rodeaba, como él. Se preguntó si lo habría visto, pero no reconoció ningún gesto detrás de aquellos lentes cubiertos por la rubia melena, brillante como la tarde misma. Parecía estar en su propia burbuja, tal y como él había querido estar hasta que la vio llegar; aún sentados frente a frente, separados por un solo retazo verde, ella desconocía la presencia de él.  Y él pensaba.
No podía ser casualidad que ese día, en ese momento, ella también hubiera elegido ese lugar para sentarse a leer. Más aún, no entendía cómo el azar podía poner frente a él aquel rostro enrojecido por el calor sin que ello fuera una señal, por lo que no podía volver a su mundo de papel sin intentar compartirlo con ella.
Ya sabía qué hacer. Esperaría a que ella lo viera, para compartir una sonrisa amistosa. Ella respondería con otra sonrisa, notando además el libro en sus manos. Él le preguntaría, mediante gestos, si habría lugar para un lector más en su espacio. Ella asentiría con entusiasmo pues, al fin y al cabo, la plaza era enorme y había lugar de sobra. Una vez juntos, conversarían acerca de sus libros, sus autores favoritos y demás, para dar paso a una charla más personal. Compartirían gustos, costumbres y opiniones hasta que el sol comenzara a ocultarse y cada uno siguiera su camino, con ganas de volver a verse.
Pasados los días, él la llamaría y se encontrarían. Podrían ir al cine, al teatro o a donde ella quisiera, pues él no sabía mucho sobre citas. El éxito en la primera llevaría a las siguientes, y así iniciarían una relación. Superarían los problemas que se presentaran, encontrando la manera de anteponer su amor a los contratiempos y seguir adelante, siempre adelante. Con el tiempo se mudarían juntos, remodelarían su hogar a gusto y ella elegiría las cortinas. Disfrutarían de la convivencia, pues sobrevivirla no sería suficiente; pasados los años, durante un almuerzo familiar, anunciarían la formalización de su vínculo. Recibirían felicitaciones, besos y abrazos, para luego comenzar a planear el evento. Junto con los nervios y la ansiedad llegaría el día y sería el comienzo del resto de sus vidas, como lo había sido, en cierta medida, aquella tarde en la plaza. Esperarían un tiempo hasta sentirse listos y comenzarían a formar su propia familia. Criarían a sus hijos de la mejor manera posible para verlos crecer, tropezar y aprender, hasta verlos marcharse; entonces caerían en la cuenta de que olvidaron verse envejecer y dedicarían más tiempo a ellos mismos. Dejarían sus trabajos y compartirían nuevas horas de lectura, recuperando el tiempo invertido en otros asuntos. Así, vivirían juntos hasta que uno partiera y el otro extrañara; entonces, aquel que quedara, esperaría el momento de volver a encontrarse.
Con el plan preparado, salió de su ensimismamiento y descubrió que ella lo observaba. Dudó por un segundo o dos, pero enseguida respiró profundamente, bajó la vista y se decidió a continuar con su lectura.

Después de todo, pensó, parecía demasiado esfuerzo para un domingo.

sábado, 15 de junio de 2013

Una de amor

Llovía. La blanca luz empañada que caía desde las nubes se colaba por el vidrio mojado, dibujando sombras sobre la mesa del bar. Sobre ella, un servilletero y una mano, que tamborileaba impacientemente. El frío y la humedad parecían atravesar las paredes, siendo combatidos únicamente por el murmullo constante y el olor a café, hasta que llegó ella. Suave, delicada y pálida, saludó y se sentó en la silla vacía. La fría piel blanca y la nariz colorada contrastaban con la rojiza cabellera, que regalaba calidez a quien la contemplaba.
-¿No vamos a pedir nada? -preguntó. No hubo respuesta, pues quien debía formularla tenía la mirada perdida en la constelación de pecas que le sonreían desde el otro lado de la mesa.
-¿Pedimos algo? -insistió, sonriendo.
-¿Eh? Ah, sí, me perdí un poco -contestó entre risas-. ¿Un café?
-No me gusta el café, iba a pedir una cerveza, pero vos pedí lo que quieras -dijo Luciana, mientras llamaba al mozo.
Paula no quería café. Es más, odiaba el café, pero no tenía la más mínima idea de qué hacer o decir. Nunca había pasado por una situación parecida, sólo atinaba a sonreír y esperar que nadie notara sus nervios. El mozo trajo ambas cosas, las dejó sobre la mesa y se perdió, dejando a las dos chicas en el que, ahora, era su mundo, su mesa en el bar.
Paula miraba el café con asco. Luciana, por su parte, veía venir un silencio eterno que decidió romper.
-Contame, vos... -y el bar fue desapareciendo de a poco. El farol colgado junto a ellas era la única luz que sobrevivía, el resto se había ido junto con los murmullos, el frío y la lluvia. Todo lo que quedaba era una mesa, dos chicas, la luz que entraba por la ventana y el sonido de dos voces que, de a poco, iban armando una conversación fluida. El brillo suave y cálido de una encontraba su complemento en la paz apagada de la otra. Poco a poco, diferentes temas fueron desfilando uno a uno, a su tiempo, dibujando escenas de películas, reviviendo historias de libros o, simplemente, relatando los actos más cotidianos. A nadie le importaba lo que decían, ni siquiera a ellas, porque con el hecho de estar ahí, las dos, alcanzaba.

El café estaba helado. Las gotas sobre el vidrio ya no dibujaban sombras en la mesa; afuera del bar, la oscuridad sólo era interrumpida por los faroles de los autos que pasaban sin detenerse. La conversación de las dos chicas vivía sus últimos momentos, pero ese no era motivo para dejar de mirarse a los ojos.
-Ya es tarde -dijo Luciana. ¿Te molesta si...?
-No pasa nada -interrumpió Paula, ya sin rastros de timidez-. Te acompaño.
Pagaron y se fueron. Todavía llovía, pero no importaba demasiado. El corredor de techos y charcos alternados era el lugar ideal para dar los últimos pasos de su charla, que encontró su final bajo la protección de una parada de ómnibus. Ya no sabían qué decirse, pero sonreían. Se miraban y sonreían, como habían hecho durante las últimas horas, deseando que la partida de una de ellas no demorara más ni menos de lo ideal. Le tocó a Luciana.
-¿Cuándo nos vem... -llegó a decir Paula, antes de que aquella brisa rojiza la detuviera. No entendía dónde estaba, pero quería quedarse ahí, envuelta en esa mezcla de perfume y lluvia y narices frías. El beso, que terminó en sonrisa, dio paso a la despedida antes de recibir respuesta a la pregunta inconclusa.

Hacía frío otra vez. Recién en ese momento, Paula extrañó su abrigo; había estado demasiado ocupada como para no olvidarlo en el bar. Tenía la intención de ir a buscarlo, pero no podía moverse, aunque no era por el viento helado. Algo la mantenía fija en su lugar, algo que no terminaba de convencerla y que no la dejaba caminar. Sonó un celular, era el suyo. Lo sacó rápidamente del bolsillo y lo leyó, con una sonrisa de oreja a oreja, previo a ponerse en marcha hacia el bar a buscar su abrigo.

Aunque no lo iba a necesitar para su próxima cita, "un día que llueva menos".

viernes, 15 de marzo de 2013

El hombre gris

Apareció una tarde fría y lluviosa, tiempo después de haber desaparecido. Vestía traje y sombrero gris, tenía un aire tanguero de otra época; incluso estaba mucho más flaco. Se acercó por detrás de ella, le tapó los ojos con ambas manos y los dos sonrieron. "No va a ser necesario que te pregunte quién es, ¿no?" le dije a la mujer, segundos antes de que se volvieran a besar como antes. Todos sonreímos otra vez, nunca habíamos imaginado un regreso así.

Los primeros días fueron de inmensa felicidad. Todos hablábamos, gritábamos y reíamos como antes; todos menos él. Su risa era más apagada, fría y gris, como una fotocopia de la que tenía antes. Al principio no lo noté, pero después empezó a molestarme. La molestia dio paso a la preocupación, porque no entendía qué pasaba. ¿Por qué no reía como antes de irse? ¿Por qué había vuelto gris y apagado? Había algo espectral y etéreo en él que me inquietaba, con los días se iba pareciendo a una sombra de sí mismo.

Fue durante una de mis visitas, cuando salí a tomar aire un momento, que escuché una voz lejana y débil. "No es él" me dijo. "No es él" me repitió, más fuerte. "No es él" volví a escuchar, pero esta vez era yo el que  hablaba; "no puede ser él, no puede volver, ¡no es él!" grité, dando un portazo para entrar. Y él no estaba, porque obviamente no podía haber vuelto. Y ella, que estaba arrodillada en el suelo, levantó su vista, nos miramos y lloramos juntos. Otra vez, como la primera vez que se fue, lloramos por él. Otra vez, como la primera vez, supimos que no iba a volver.

En ese momento me desperté. Lloraba de verdad; supuse que había gritado dormido, pero no me importó. Me senté en la cama y me dispuse a descifrar el sueño, a entender por qué, después de tanto tiempo, había vuelto como ese hombre gris. Tuve miedo de que realmente hubiera vuelto, pero esas cosas no pasan, así que la explicación debía estar en mí. Pensé un rato largo, repasé cada imagen que podía recordar y finalmente llegué a la respuesta que más me convenció.

Había vuelto, pero sólo por ese momento. Volvió para recordarme que no puede volver, pero que puedo hacer que no se vaya del todo; volvió para pedirme que lo guardara en mi memoria, para poder salir cada vez que algo me lo recordara.

Sonreí y le agradecí. No era necesario pedirme algo que hago desde que se fue, pero había sido bueno volver a verlo.

sábado, 2 de marzo de 2013

Turismo espacial

Luego de las primeras excursiones, el turismo espacial hacia Marte registró un crecimiento explosivo a nivel mundial, con cientos de familias invirtiendo sus ahorros en una semana de estadía en el planeta rojo. Como todas las modas internacionales, más tarde que temprano, llegó a Uruguay. Washington y Gladys, festejando sus bodas de plata, fueron la primera pareja uruguaya en pisar suelo marciano.
-Viejo, ¿estás seguro que no sale de Tres Cruces?
-Seguro vieja, seguro. Ahora, con ese ropero que traes, no sé si nos dejarán salir...
-Ay Washington, ¡mirá lo que decís! Nos vamos lejísimos, tengo que llevar ropa por si refresca.
Y así iba la pareja, rumbo a la plataforma de despegue. Un transbordador con la máxima tecnología los llevaría a pasar una semana en su árido destino. Llegaron, despacharon su equipaje (ante la cara de asombro de la tripulación), se acomodaron en sus asientos y despegaron.

-Viejo, ¿falta mucho? -preguntó Gladys. Su marido despertó y preguntó cuánto tiempo de viaje llevaban. -Veinte minutos -contestó ella-. Pero me parece que vamos lento, mirá para afuera, ¡no se mueve nada! Washington miró a su esposa con cara de marido cansado, dio media vuelta y siguió durmiendo. Así, varias veces, hasta que llegaron y se instalaron.

Al otro día, Gladys no podía creer lo nublado que estaba. -El cielo está rojo, se debe venir tormenta. -le decía a su marido, que hacía caso omiso. Washington hacía horas que meditaba en silencio, observando el horizonte. Salió a hacer su caminata matutina, pero volvió a las puteadas. -¡¿Podés creer?! ¡Ni caminar se puede acá!-. El hombre estaba furioso porque, con la poca gravedad, apenas podía moverse. -Sólo yo te sigo el tren. -recriminó a su pareja.

Así pasaron los días. Gladys se quejaba de lo fresco que estaba, del viento, del polvo, de las nubes y del ente de su marido, que pensaba y pensaba sin hablar, hasta que no aguantó más. -O me decís lo que te pasa o dejo de plancharte los pantalones, Washington, ¿qué te pasa? -preguntó-. Me tenés harta, todo el santo día mirando a la nada, ¿qué cuerno estás buscando?

Washington levantó la mirada, se notaba la frustración en su semblante. -¿Sabés que busco? ¿SABÉS QUE BUSCO? -gritó, ya con los ojos desorbitados-. ¡Hace una semana que estamos acá y lo único que vemos es arena, arena y arena! Lo que yo me pregunto es, ¿DÓNDE CARAJO ESTÁ LA PLAYA?

Dicho esto, dio un portazo y se metió a la cabaña. Se lo escuchó murmurar "parece Parque del Plata" antes de soltar un rosario de improperios. Gladys, con gesto de decepción, se puso a armar la valija.

-Ya está -dijo-. La próxima vez ahorramos un par de meses más, y nos vamos un fin de semana a La Pedrera.

Y así terminaron el viaje. Ahora entendemos por qué no tuvo mucho éxito el turismo espacial en Uruguay.

viernes, 5 de octubre de 2012

Inmortal

El abuelo pintaba desde mucho antes que yo naciera. Hasta que pude pedirle que pintara lo que yo quisiera, toda su obra se había tratado de retratos de personas que yo no conocía. Recuerdo que cada tanto el abuelo desaparecía, se encerraba en su taller un día entero y al día siguiente aparecía con un cuadro nuevo. Las personas de los retratos nunca se repetían; a veces era una persona joven, a veces un anciano, sonriente o serio, pero nunca enojado. Una vez vi a mamá y al abuelo muy tristes, se fueron juntos y me dejaron sola con papá. Ese día papá me habló de cosas rarísimas, de lugares que la gente no veía y de los que no volvía; me dio un beso de "hasta mañana" y apagó la luz del cuarto. Al otro día el abuelo no estaba. Al siguiente tampoco. Al tercero apareció junto a la puerta de su cuarto, colgando un retrato hermoso de la abuela cuando era joven, y entendí. El abuelo pintaba retratos de la gente que no iba a volver a ver, para tenerlos siempre presentes. Los colgaba en lugares inesperados, en un pasillo, a la vuelta de una esquina, para encontrarlos de sorpresa y no tenerlos como un adorno en el living. Con el correr de los años me fue contando quién era quién: su tío, su primer cuadro, un señor sonriente con la camisa manchada; su tía, la mujer con la sonrisa más tierna que conocí; su amigo, que se le reía en la cara. "Hace cuarenta años que lo pinté y este nabo se sigue riendo" me decía entre risas, con su típico humor en momentos inesperados. Ya de grande comprendí todo el proceso: el abuelo perdía a alguien, lo despedía, se encerraba en el taller y aparecía con su cuadro unos días después. Pintaba a las personas como las recordaba, o como las quería recordar: la bisabuela siempre tenía cuarenta años, el bisabuelo siempre se reía, su bisabuelo (mi vaya a saber una qué) siempre sonriente, pero con sonrisa de persona de otro siglo.

Yo nunca me incliné por la pintura, lo mío intentaba ser la música. "El arte es una de las formas más sublimes de inmortalidad" dijo el abuelo cuando me regaló mi primera guitarra. "El ruido que hacés vos, en cambio, bien podría considerarse como un atentado a la vida, querida" acotó sonriendo, sabiendo que lo iba a putear y pronto para responder. El amor que me tenía ese hombre no se lo había tenido a nadie. "Tu abuela es la tercera mujer más linda que conocí" me dijo una vez, cuando yo era una niña todavía. Ante mi gesto de extrañeza agregó "pero si le decís que vos sos la primera y tu madre la segunda, me mata" y nos reímos juntos.

Capaz que por eso fuimos tan unidos siempre, y por eso me veía (gratamente) obligada a ayudarlo cuando ya estaba grande para cuidarse solo. Nos turnábamos con mamá para visitarlo todos los días; aunque ya empezaba a olvidarse de las cosas, el abuelo siempre me reconocía. "Menos mal que mi hija tuvo una sola hija" decía, y le sonreían los ojos cansados. Me preguntaba por la facultad, por los novios, por las novias (decía que nunca estaba demás preguntar) y por la guitarra. Yo nunca había compuesto una maldita canción, pero me preguntaba igual. Día por medio. Siempre.

Una tarde de otoño, mamá volvió más temprano de su visita, visiblemente enojada. Dijo que no lo había encontrado, que debía estar encerrado en ese taller sucio, que era como un niño chico y no se qué más. Me pidió que al día siguiente lo llamara antes de ir por las dudas, y eso hice. No me atendió. Llamé otra vez, y me atendió con voz de fastidio; se notaba que no había atendido antes porque no había querido. Le costó entender quién lo llamaba, pero cuando le dije "nieta" entendió enseguida. Me dijo que fuera en unos días que él se arreglaba, que ya estaba grande, y se despidió.

Tres días después me llamó al celular. Dijo que se acordaba de quién era yo, que sabía usar el celular y que estaba en el taller, pero que "no tenía puta idea" de qué había afuera del taller, que estaba desorientado y que lo fuera a buscar. Al parecer, el interior del taller era el único lugar que conocía con detalle, porque cuando llegué lo encontré de lo más cómodo. En el piso había cuadros a medio hacer, como borradores, todos de la misma persona. Al lado del abuelo, un cuadro de un joven, un poco más joven que yo, de pelo negro y sonrisa forzada. "Me dio laburo el infeliz este" me dijo señalando el cuadro, "pero ya lo terminé, ¿qué te parece?". "No tengo idea de quién es, abuelo", le dije, "debe ser un primo de mamá, ¿no?". "¡Un primo de tu madre me decís! Que poco ojo para la pintura, querida. ¿Acaso no se nota lo bien que quedé?" reprochó, mientras me mostraba una foto suya de joven. ¡Eso había estado haciendo este viejo loco! El pintor más grande que he conocido, había demorado cinco días para hacer un autorretrato. Un autorretrato. El abuelo se había pintado.

"No le cuentes a tu madre" me pidió mientras me apretaba un cachete, "pero quiero que lo cuelgues al lado de la puerta del taller, vas a saber cuándo". Me abrazó, me pidió que me quedara un rato y charlamos hasta que me fui a casa, ya entrada la noche. Al otro día mamá lo fue a visitar y me llamó desde allá; ya no tenía que guardar ningún secreto.

No pude colgar el cuadro ese día. Me lo llevé para casa y lo puse en el cuarto; el joven, flaco y lampiño, me miraba mientras yo tocaba la guitarra. Esa noche no salí del cuarto, ni al día siguiente, y compuse mi primera canción, que no tiene nombre pero sí tiene letra. Trata de un viejo loco, que pintaba gente muerta y se reía de su Alzheimer. Un viejo loco, que desde esa tarde de otoño en mi cuarto, se hizo inmortal.