sábado, 24 de septiembre de 2016

Efecto Mandela

El burbujeo del agua hirviendo y el aroma a café le anunciaron que el desayuno estaba listo. Con sumo cuidado de no manchar la camisa blanca se sirvió una taza, notando al pasar que el reloj de la cafetera se encontraba un minuto atrasado respecto a su reloj de pulsera. Mientras terminaba de anudarse la corbata hojeó el diario y notó, para su sorpresa, que su equipo había ganado el partido de la noche anterior. "Qué final", pensó, ya que recordaba ir perdiendo cuando se durmió faltando dos minutos de descuento; al parecer habían sido suficientes para que su equipo empatara y diera vuelta un partido en el que no había demostrado nada interesante durante noventa minutos. Con el tiempo contado, salió hacia su trabajo ni bien terminó el café.

El camino del ómnibus hasta el centro fue un tanto errático, hecho que no pareció sorprender a ninguno de sus compañeros de viaje. Cada tanto reconocía el camino alternativo y adivinaba una protesta de la que no estaba al tanto, una esquina en obras o algún accidente, sin observar mayores alteraciones del tránsito por el desvío. Increíblemente, la ciudad parecía funcionar bien a pesar del caos por el que atravesaba esa mañana.

Se bajó de forma automática al ver la galería de siempre y caminó media cuadra hasta la esquina, pero antes de doblar a la derecha como todos los días notó que en la esquina faltaba algo. La clásica fuente cubierta de candados parecía estar una cuadra después de su posición habitual, lo cual era físicamente imposible por más obras que se estuvieran realizando para acondicionar la principal avenida. Confundido, pero principalmente enojado, se preguntó cómo podía ser tan imbécil para errarle al camino que seguía todos los días de la semana. Entre puteadas avanzó esa cuadra mirando para todos lados, como si buscara asegurarse de que estaba siguiendo el camino correcto, pero a cada paso que daba se sentía más perdido. Referencias habituales parecían estar fuera de lugar por varios metros, como si se hubieran barajado los edificios de la manzana y vuelto a repartir azarosamente. Respirando profundamente dobló en la esquina y encontró, en lugar de su oficina, un liceo despintado que ocupaba casi toda la cuadra. No se veían por ningún lado las tiendas habituales ni había rastros de la librería. Siguió caminando calle arriba dos, tres cuadras en las que nada tenía sentido. Desesperado, giró en una esquina y se largó a correr sin rumbo entre peatones que se mostraban más extrañados por su comportamiento que por el reordenamiento que había tenido la ciudad de la noche a la mañana; sin buscarlo, había vuelto a su punto de partida. Agitado, se detuvo un momento a intentar comprender la situación.

No podía ser la ciudad, había vivido toda su vida en Montevideo y las cosas habían estado más o menos siempre en el mismo lugar. En todo caso, nunca se habían trasladado literalmente de un lugar a otro en el correr de una noche. Claramente el problema era él, que debía estar pasando un mal momento y no podía orientarse normalmente. Seguramente el estrés y una mala noche lo habían llevado al estado en el que estaba y lo único que necesitaba era reportarse enfermo y volver a su casa, ubicada donde siempre.

Se dispuso a cruzar la avenida para tomar el ómnibus de vuelta y le pareció ver a un viejo conocido, que a medida que se acercaba le resultaba cada vez más familiar: un hombre joven, de unos treinta años, que se dirigía a su trabajo prolijamente vestido con camisa blanca, corbata y un saco a tono con el pantalón. La vaga sensación de que lo conocía de años tranquilizó un poco al hombre perdido, que al menos ahora tenía a quién pedirle indicaciones para orientarse. Así, se aproximó a su supuesto amigo y la tranquilidad que fugazmente había alcanzado dio paso al más profundo terror, cuando se descubrió a sí mismo en la cara de aquel hombre. No había manera de equivocarse: los rasgos, las facciones, aquel hombre era él mismo, un doble repetido que no había reparado en su presencia y seguramente pretendía ocupar su lugar. Se abalanzó sobre el joven desprevenido con los ojos inyectados en sangre e invadido por una violencia profunda e irracional, fundada en la seguridad de que aquél desconocido que pretendía suplantarlo estaba detrás de su reciente desorientación. Recordó por un momento una teoría delirante según la cual, en ciertas ocasiones, una persona podía pasar de un plano de la realidad a otro en el que todo era más o menos parecido, pero tarde o temprano un recuerdo erróneo delataba que estaba en la realidad equivocada. Convencido de que aquella copia de sí mismo recién llegada pretendía suplantarlo, entendió que su única solución era eliminarlo y se dispuso a matarlo a golpes, objetivo que hubiera logrado de no ser por la intervención de un grupo de transeúntes que lograron separar a los dos hombres tras un intenso forcejeo. Minutos después, un par de policías que pasaban por el lugar se llevaron al hombre fuera de sí, que escupía y gritaba sin sentido que aquél lugar era el suyo y ningún imitador se lo iba a quitar.

Varios testigos, incluida la víctima de la paliza, declararon no tener idea de por qué aquel extranjero, al que habían visto corriendo como un loco unos minutos antes, había emprendido con tanta violencia contra un pobre hombre que se dirigía a su trabajo como todos los días.

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