martes, 8 de mayo de 2018

Justo a tiempo


Fernando Pinzón programó la cafetera para la mañana siguiente al igual que todas las noches, se cepilló los dientes y se sirvió un vaso de agua para dejarlo en la mesa de luz al costado de la cama. Apagó primero la luz de la cocina, luego la del pasillo y por último la del dormitorio. A la luz de la veladora se veía, delicadamente doblada sobre una silla, la ropa que usaría en la siguiente jornada. Fernando tendría finalmente la entrevista de trabajo que había esperado durante varios meses y en la que, a su edad, no podía fallar. Ya entre las sábanas programó una única alarma, infalible, con la que se despertaría a la mañana siguiente. Tomó medio vaso de agua y se durmió sin mayor esfuerzo. Esa noche, quizás a modo de adelanto, Fernando soñó con luces y formas extrañas que olvidó en cuanto se despertó.

“Analía Montero, 27 años.
Sin observaciones.
Lunes 26 de junio, 8:35 a.m., accidente de tránsito.

Juan Carlos Rodríguez, 67 años.
Padre de dos.
Lunes 26 de junio, 8:35 a.m., accidente de tránsito.

Nicolás Varela, 16 años.
Sin observaciones.
Lunes 26 de junio, 8:35 a.m., accidente de tránsito.

Luciana Varela, 19 años.
Sin observaciones.
Lunes 26 de junio, 8:35 a.m., accidente de tránsito.

Fernando Pinzón, 46 años...”

Lo que seguía a continuación llamó la atención de la Muerte, que leía raudamente el sinfín de párrafos cortos en su agenda, cada uno con un nombre, edad y fecha exacta de muerte, a lo que se sumaba en algunos casos un suceso relevante. Entre ellos figuraban, muy de vez en cuando, obras trascendentales, reconocimientos mundiales y crímenes imperdonables; la mayoría simplemente tenía enumerada su descendencia, a modo de cuenta pendiente que sería saldada algún día. El párrafo de Fernando Pinzón, sin embargo, contaba en escuetas palabras una historia poco habitual entre los miles de muertos diarios.

“Fernando Pinzón, 46 años.
Triunfó en su lucha contra Sayitawek’i, demonio ancestral.
Lunes 26 de junio, 8:35 a.m., accidente de tránsito.”

La Muerte no sentía un desprecio particular por los demonios, pero demostraba por ellos un desdén arrogante debido a que no estaban a su alcance, al menos hasta que todo lo que existía lo estuviera, en el fin de los días. El triunfo de un simple mortal sobre un demonio tan viejo como Sayitawek’i, que dotaba a sus poseídos de una exagerada confianza y optimismo en el manejo de los tiempos, lo hacía un muerto digno. Miles de personas luchaban a diario contra diversos demonios ocultos en vicios y manías, pero Fernando había logrado expulsar al suyo a base de engaños, alarmas, cierta madurez y una rígida rutina. Así, tras varios años, un día Sayitawek’i lo dejó y Fernando vivió en paz.

Hasta ese día. La Muerte cerró su agenda y se dirigió hacia la esquina en la que tendría lugar el accidente, haciendo caso omiso a los peatones que se atravesaban en su camino. Algunos se estremecían cuando La Muerte les pasaba demasiado cerca, unos pocos incluso llegaban a sentir un susurro helado que les provocaba escalofríos, pero sólo aquellos que llegaban a su hora marcada podían verla propiamente. Ya en el lugar pautado, La Muerte se dedicó a esperar, pues tenía literalmente todo el tiempo del mundo.

8:33 a.m. Un ómnibus arrancaba después de levantar a un par de pasajeros. En la radio comentaban el partido del día anterior y el chofer recordó que se había perdido el compacto con los goles, pero que ya debía estar subido a la página del equipo. Sacó el celular del bolsillo y los buscó.

8:34 a.m. Un auto bajaba rápidamente por una de las calles transversales. Dentro, dos jóvenes se dirigían a estudiar mientras discutían más por costumbre que por otra cosa. La luz roja en el semáforo de la esquina hizo evidente una falla en los frenos, que resultó fatal. El auto avanzó sin detenerse hacia un ómnibus y el chofer de este, distraído, no logró evitar la colisión. El impacto lo tiró hacia la vereda, donde embistió a una mujer antes de llevarse puesta una columna de alumbrado público. En la muñeca sin pulso del conductor, el reloj indicaba las 8:35.

Unos metros más atrás, sin aliento y con el rostro enrojecido por la carrera, Fernando Pinzón observaba la escena y no podía creer su suerte al haber perdido ese ómnibus. Agradeció en silencio por haberse quedado esos cinco minutos más en la cama, se secó el sudor de la frente y rápidamente le hizo señas a un taxi. Justo antes de que quedara oculto tras la mampara, La Muerte pudo distinguir un chispazo color ámbar en los ojos de aquel hombre, en cuyo rostro se adivinaba la sonrisa burlona de un viejo demonio.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Efecto Mandela

El burbujeo del agua hirviendo y el aroma a café le anunciaron que el desayuno estaba listo. Con sumo cuidado de no manchar la camisa blanca se sirvió una taza, notando al pasar que el reloj de la cafetera se encontraba un minuto atrasado respecto a su reloj de pulsera. Mientras terminaba de anudarse la corbata hojeó el diario y notó, para su sorpresa, que su equipo había ganado el partido de la noche anterior. "Qué final", pensó, ya que recordaba ir perdiendo cuando se durmió faltando dos minutos de descuento; al parecer habían sido suficientes para que su equipo empatara y diera vuelta un partido en el que no había demostrado nada interesante durante noventa minutos. Con el tiempo contado, salió hacia su trabajo ni bien terminó el café.

El camino del ómnibus hasta el centro fue un tanto errático, hecho que no pareció sorprender a ninguno de sus compañeros de viaje. Cada tanto reconocía el camino alternativo y adivinaba una protesta de la que no estaba al tanto, una esquina en obras o algún accidente, sin observar mayores alteraciones del tránsito por el desvío. Increíblemente, la ciudad parecía funcionar bien a pesar del caos por el que atravesaba esa mañana.

Se bajó de forma automática al ver la galería de siempre y caminó media cuadra hasta la esquina, pero antes de doblar a la derecha como todos los días notó que en la esquina faltaba algo. La clásica fuente cubierta de candados parecía estar una cuadra después de su posición habitual, lo cual era físicamente imposible por más obras que se estuvieran realizando para acondicionar la principal avenida. Confundido, pero principalmente enojado, se preguntó cómo podía ser tan imbécil para errarle al camino que seguía todos los días de la semana. Entre puteadas avanzó esa cuadra mirando para todos lados, como si buscara asegurarse de que estaba siguiendo el camino correcto, pero a cada paso que daba se sentía más perdido. Referencias habituales parecían estar fuera de lugar por varios metros, como si se hubieran barajado los edificios de la manzana y vuelto a repartir azarosamente. Respirando profundamente dobló en la esquina y encontró, en lugar de su oficina, un liceo despintado que ocupaba casi toda la cuadra. No se veían por ningún lado las tiendas habituales ni había rastros de la librería. Siguió caminando calle arriba dos, tres cuadras en las que nada tenía sentido. Desesperado, giró en una esquina y se largó a correr sin rumbo entre peatones que se mostraban más extrañados por su comportamiento que por el reordenamiento que había tenido la ciudad de la noche a la mañana; sin buscarlo, había vuelto a su punto de partida. Agitado, se detuvo un momento a intentar comprender la situación.

No podía ser la ciudad, había vivido toda su vida en Montevideo y las cosas habían estado más o menos siempre en el mismo lugar. En todo caso, nunca se habían trasladado literalmente de un lugar a otro en el correr de una noche. Claramente el problema era él, que debía estar pasando un mal momento y no podía orientarse normalmente. Seguramente el estrés y una mala noche lo habían llevado al estado en el que estaba y lo único que necesitaba era reportarse enfermo y volver a su casa, ubicada donde siempre.

Se dispuso a cruzar la avenida para tomar el ómnibus de vuelta y le pareció ver a un viejo conocido, que a medida que se acercaba le resultaba cada vez más familiar: un hombre joven, de unos treinta años, que se dirigía a su trabajo prolijamente vestido con camisa blanca, corbata y un saco a tono con el pantalón. La vaga sensación de que lo conocía de años tranquilizó un poco al hombre perdido, que al menos ahora tenía a quién pedirle indicaciones para orientarse. Así, se aproximó a su supuesto amigo y la tranquilidad que fugazmente había alcanzado dio paso al más profundo terror, cuando se descubrió a sí mismo en la cara de aquel hombre. No había manera de equivocarse: los rasgos, las facciones, aquel hombre era él mismo, un doble repetido que no había reparado en su presencia y seguramente pretendía ocupar su lugar. Se abalanzó sobre el joven desprevenido con los ojos inyectados en sangre e invadido por una violencia profunda e irracional, fundada en la seguridad de que aquél desconocido que pretendía suplantarlo estaba detrás de su reciente desorientación. Recordó por un momento una teoría delirante según la cual, en ciertas ocasiones, una persona podía pasar de un plano de la realidad a otro en el que todo era más o menos parecido, pero tarde o temprano un recuerdo erróneo delataba que estaba en la realidad equivocada. Convencido de que aquella copia de sí mismo recién llegada pretendía suplantarlo, entendió que su única solución era eliminarlo y se dispuso a matarlo a golpes, objetivo que hubiera logrado de no ser por la intervención de un grupo de transeúntes que lograron separar a los dos hombres tras un intenso forcejeo. Minutos después, un par de policías que pasaban por el lugar se llevaron al hombre fuera de sí, que escupía y gritaba sin sentido que aquél lugar era el suyo y ningún imitador se lo iba a quitar.

Varios testigos, incluida la víctima de la paliza, declararon no tener idea de por qué aquel extranjero, al que habían visto corriendo como un loco unos minutos antes, había emprendido con tanta violencia contra un pobre hombre que se dirigía a su trabajo como todos los días.

sábado, 30 de abril de 2016

La noche más fría

Era la noche más fría en muchos años, de un frío agudo y seco que penetraba hasta los huesos y, según los reportes, podía traer a Montevideo la primera nevada de la historia. Refugiado en su gabardina negra, apuró un cigarro recostado contra el auto mientras miraba hacia el negro mar; a lo lejos, las plataformas de extracción parecían vigilar el horizonte con luces como ojos y un rugido apagado. Exhalando una última bocanada de humo, se metió al auto y echó a andar por los restos de la rambla derrumbada, víctima del avance del tiempo y el descuido. Anduvo un buen rato hasta llegar a un galpón, abandonado en un rincón oscuro del antiguo casco histórico de la ciudad. Dejó el coche en el improvisado estacionamiento y se dirigió hacia la entrada, esquivando los charcos de agua y barro mientras se cerraba el cuello del abrigo con la mano helada. Nadie lo esperaba en la puerta, así que se limpió los zapatos como pudo y entró sin apuro.

El lugar era más amplio de lo que parecía desde afuera, con el techo muy alto y un potente olor a humedad. La luz amarillenta de la ciudad iluminaba la zona cercana a dos ventanales empañados ubicados del mismo lado que la entrada, en la parte superior de una de las paredes más largas. Hacia el centro del galpón la luz era muy tenue, y en la pared opuesta la oscuridad sólo era combatida por luces de neón de diferentes colores, ubicadas sobre las barras. La música a todo volumen disimulaba el zumbido típico de las aglomeraciones, que quedaba oculto por los golpes constantes del bajo.

Odiaba las multitudes, porque era cuando se sentía más solo. Los cientos de cuerpos iguales sacudidos en una vibración resonante le resultaban repugnantes, una imitación burda de tradiciones pasadas. Se dirigió hacia la barra con el recuerdo punzante de lo que era una verdadera reunión, una verdadera masa de seres sensibles y diferentes sin sintonía. Esas habían sido prohibidas hacía varios años, tiempo después de perdida la guerra. Recordó la guerra.

Hubo un tiempo en el que las guerras no se ganaban o perdían. Hombres luchaban contra hombres, morían de uno y otro lado y terminaba todo en un tratado o una negociación, o en el peor de los casos, era una guerra sin fin. Eso cambió el día en que perdimos el control; el día que los androides fueron capaces de construirse a sí mismos, de perfeccionarse sin la intervención humana, ese día perdimos la guerra, antes de iniciarla. Ante la rebelión, la humanidad se lanzó decidida a la lucha, segura de su victoria fundamentada en años de dominio, pero no fue suficiente; cuando las máquinas inteligentes se hicieron con el control de las armas, sobrevino la rendición. A la rendición le siguió la masacre ejemplarizante, pero no el exterminio; los androides no tenían interés en eliminar personalmente a la población humana, sino que prefirieron que el tiempo se encargara. Así, permitieron la supervivencia de muchos con la única condición de no dejar descendencia; como seres inmunes al paso del tiempo, algún día tendrían el mundo sólo para ellos. Desplegaron un sistema de vigilancia y ejecución sin precedentes, y la pena por tener un hijo era la muerte inmediata de ambos padres y el niño. El sistema funcionó sin problemas y la población humana disminuyó año a año sin necesidad de enfrentamientos, hasta que un movimiento de resistencia a nivel mundial que se había gestado en secreto creyó estar preparado (o lo suficientemente desesperado) y atacó al régimen gobernante. La derrota fue casi inmediata y las consecuencias, previsibles. Desde ese día, fueron ilegales los encuentros entre seres humanos en ausencia de androides, con especial énfasis en los casos que podían derivar en actitudes cargadas de emoción, pues creían que de allí surgía el instinto de agresión. Así, reunirse con amigos significaba la ejecución, formar un club, ejecución, ir a la iglesia, ejecución, abrazarse, ejecución. Una de las pocas maneras de simular estar rodeado de gente eran los clubes nocturnos llenos de androides, donde uno podía confundirse entre la muchedumbre, embriagarse y pasar las horas esperando no encontrarse a otra persona, pero el hombre de la gabardina negra odiaba eso, porque lo hacía darse cuenta de que estaba completamente solo.

Pidió un whisky. Curiosamente, no era extraño encontrar bebidas tradicionales en aquellos lugares, además de ese licor inmundo que tomaban los androides. Estos, a pesar de no tener un sistema nervioso al cual engañar con alcohol, disfrutaban de disminuir su rendimiento en base a un brebaje incoloro con aroma a aceite, que junto con la música rítmica afectaba de forma sutil y prediseñada a los circuitos encargados del razonamiento. La razón por la cual seguían esta costumbre era desconocida para aquel hombre, que sintió cómo el primer trago le quemaba la garganta y le sacaba un poco el frío.

Algo llamó su atención, un estímulo a medio camino entre una sensación débil y un recuerdo. Mezclado con el olor a humedad pudo distinguir, por unos segundos, el dulce aroma de un perfume como el que usaban las mujeres en tiempos pasados. No podía ser, debía estar confundido, porque aquello significaba inequívocamente la presencia de una mujer allí, dado que los androides, al carecer de un olfato convencional, prescindían de perfumes y colonias. Una mujer, de carne y hueso, en aquel lugar helado y lleno de cuerpos metálicos. Buscó entre la multitud algún gesto, algún movimiento que la delatara entre tantas expresiones prefijadas, y le pareció cruzar por un instante una mirada en la que percibió, por una fracción de segundo, un destello único. No podía ser.

Apartó la mirada tan rápido como pudo. Una de las estrategias más usadas para evitar conversaciones indeseadas era evitar mirar directamente a los ojos a los demás; si bien los androides no necesitaban de dicha conexión para comunicarse, dado que estaban constantemente conectados a través de una conciencia virtual única, tantos años de convivir bajo el dominio humano habían dejado su huella en forma de costumbres que, en seres artificiales, carecían de sentido. Nerviosa, intentó concentrarse en el personaje con cara de idiota que tenía enfrente; un tipo cualquiera, como cualquier otro, que ante la posibilidad de entablar una conversación soltaba una serie programada de datos estúpidos sobre producción mundial de bienes, nuevos modelos de mascotas o la improbabilidad de tormentas eléctricas en los siguientes días. Los androides odiaban las tormentas eléctricas; algo relacionado a grandes descargas eléctricas e interferencias, que no terminaba de entender y realmente no le interesaba, pero que había tenido que escuchar varias veces para no levantar sospechas.

Por el contrario, el hombre con el que habían cruzado miradas durante un segundo sí le resultaba llamativo. Abrigado, recostado contra la barra con un vaso en la mano y gesto sombrío, le recordaba a un amigo que había tenido durante los primeros años de la prohibición de los encuentros entre humanos, cuando aún era posible tener algún tipo de relación en las ciudades pequeñas, donde los controles no eran tan estrictos.

Aquel era un muchacho joven y de rasgos suaves, que siempre intentaba arrancarle alguna sonrisa a pesar de todo; se habían encontrado dos o tres veces en una tienda de insumos humanos e incluso se habían arriesgado a tener un par de encuentros clandestinos, en los que se daban el gusto de mantener conversaciones sobre temas que iban más allá del estado del tiempo y la producción regional de aluminio. Hablaban de la soledad, de la familia y de la esperanza, de lo insignificantes que se sentían cuando contemplaban el cielo nocturno y de lo inmenso que parecía el peligro cuando volvían a posarse en el suelo. Con el tiempo, dejó de verlo. Supuso que en el mejor de los casos lo habían descubierto, si antes no se había suicidado, presa del aislamiento y la locura, como tantos otros.

Este hombre, en cambio, tenía unos cuantos años más que ella y mostraba en el rostro el cansancio de haber resistido tanto tiempo. Durante el instante en el que se miraron, le pareció de alguna manera reconocerse a sí misma, perdida en aquel mar de maniquíes animados. Asustada, entendió que no podía arriesgarse a estar tan cerca de otra persona por más que aquello no fuera necesariamente un delito, así que se sumergió en la masa vibrante hasta llegar al otro extremo del salón, donde se refugió bañada por la luz de la luna. Así se quedó, desorientada por un rato en una marea de emociones y con los ojos empañados, hasta que una voz cercana la sacó de su ensimismamiento.

—Parece que va a nevar —comentó un hombre, con tono medidamente distraído.

—¿En Montevideo? Eso hay que verlo. Lo único que espero, en todo caso, es que no venga acompañada de actividad eléctrica —respondió ella hábilmente.

—Ah, yo espero todo lo contrario —contestó el hombre, decidido—. Si me permite la sinceridad, adoro las tormentas.

Giró sobre sí misma para quedar frente al hombre, que la miraba fijamente con una mueca similar a media sonrisa en el rostro. Aquello era una confesión que nada tenía que ver con el clima, y ambos lo tenían muy claro.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—¿Por qué me gustan? Bueno, no lo tengo muy claro, quizás por el espectáculo de luces, o el estruendo, o la sensación de fragilidad. Creo que es más bien por...

—¿Por qué ahora? —interrumpió—. ¿Por qué acá, rodeados? Es muy peligroso.

—Sinceramente, no tengo idea. Le pido disculpas, realmente no sé en qué estaba pensando.

—No, no, está bien —contestó la muchacha, mientras le dirigía una sonrisa nerviosa a su acompañante—. Por favor, hablemos.

Teniendo cuidado de no tocarse, se acercaron el uno al otro lo suficiente como para escucharse a pesar del ruido incesante de la música, sacudiéndose en sincronía con el resto para pasar desapercibidos. Lentamente, de manera casi instintiva, se alejaron de los ventanales hasta quedar ocultos en la penumbra donde, a los gritos, hablaron como dos viejos amigos que se vuelven a reunir después de muchos años y deben ponerse al día. Se presentaron y cada uno contó su historia, obviando los detalles angustiantes; hablaron de sus vidas antes de la guerra, como si nada hubiera cambiado, de sus aspiraciones y sus sueños.

Enseguida sintió admiración por aquel hombre. Le llamaba mucho la atención, más que lo que decía, todo lo que parecía callar; en su voz se percibía la tensión de quien quiere desahogarse y no encuentra adecuado el momento. Intentó sonreír todo lo que pudo, porque no lograba imaginarse cuándo había sido la última vez que aquel rostro mal afeitado había visto una sonrisa.

Él, en cambio, estaba aterrado; ella era demasiado joven para estar ahí, pero sabía bien que el futuro que le esperaba fuera no era mejor. Su perfume lo invadía y le nublaba el pensamiento de una manera mucho más potente que el whisky, pensó. Además, esa sonrisa... Si no hubiera vivido tanto, si no hubiera sabido que todo lo que podía esperar de la vida era que terminara por capricho del tiempo o de una máquina consciente, hubiera pensado que aquel ser frente a él bien podía ser un ángel.
El perfume, el whisky, la sonrisa, la música, el frío, la música, el perfume, la sonrisa, otra vez el perfume; una sinfonía de estímulos aturdían los sentidos de aquel hombre que, parado frente a un ángel y rodeado de circuitos, no resistió y tomó la mano de la joven. De inmediato, un espasmo se apoderó de su brazo, se le congeló el pecho y se le secó la garganta. Sin soltar la mano de la chica, la miró con una mezcla de vergüenza, culpa y auto-desprecio, pero no pudo pedir disculpas porque ella, sin mediar palabra y en un mismo movimiento, rodeó su cuello con el brazo y le dio un beso de los que ya no existían.

Estaban vivos. No sólo se sentían vivos, en el sentido figurado, sino que aún estaban con vida a pesar de haber cometido un acto que significaba la sentencia de muerte automática. Abrieron los ojos, incrédulos, para comprobar que todo seguía en su lugar; a su alrededor, los androides que se habían sacudido en las mismas descargas rítmicas durante toda la noche no se habían percatado del delito cometido en la seguridad de las sombras. Animados por su audacia, decidieron dirigirse juntos hacia la salida y abandonar la fiesta sin despedirse para así seguir cada uno su camino, conscientes de que no volverían a encontrarse. Atravesando la multitud, llegaron a la salida sin dirigirse una palabra en todo el trayecto, pero con una sonrisa cómplice oculta bajo la máscara de indiferencia y seriedad.

Con los ojos acostumbrados a tanto tiempo en la oscuridad, el destello repentino de las luces al atravesar la puerta los cegó por unos segundos, pero lograron percibir a través del zumbido en sus oídos tapados una voz metálica que se dirigía a ellos. Cuando por fin recuperaron la vista y comprendieron mejor la escena, los dos humanos volvieron a tomarse de las manos con una confianza insultante, ya sin la culpa que los había paralizado dentro del galpón.


El oficial los esperaba hacía varios minutos, desde que concurrió inmediatamente en respuesta a una alerta emitida desde el local, y disparó dos veces sin la menor duda, eliminando de inmediato cualquier amenaza de enfrentamiento. Tras el estruendo, en el suelo, los cuerpos sin vida de dos terribles criminales dejaban su huella en la nieve.